Acabamos de comenzar el nuevo año litúrgico, por el que la Iglesia rige su vida de fe durante los 365 días y pico que dura el año natural, es decir, quienes, dentro de la Iglesia, tenemos el inmenso honor y la enorme responsabilidad de ser guardianes y garantes de una tradición, ya centenaria, que nos vincula a nuestros sagrados Titulare. Estamos inaugurando un nuevo año cofrade. Acabamos de iniciar el llamado “Tiempo de Adviento”, lo que se traduce en un tiempo de preparación espiritual, que comienza cuatro domingos antes de Navidad y dura hasta la Nochebuena, simbolizando la espera de la llegada de Cristo. Si nos detenemos un momento, este tiempo tiene sensibles coincidencias con el período que más nos gusta a los cofrades: la Cuaresma. Un color domina la escena en los presbiterios de nuestras iglesias y en las casullas de nuestros párrocos, consiliarios o clérigos en general: el color morado, tonalidad que, en la Biblia, se asocia con la realeza, la autoridad, la riqueza, la dignidad y la penitencia. En nuestra liturgia cristiana está asociado con la idea de solemnidad y reverencia, y es muestra de respeto y devoción a Dios nuestro Padre. Por ello, llegadas estas fechas en las que todo se desboca, comenzando por esa falsa hermandad que en estos días inunda nuestras calles, nuestras corporaciones cofrades y hasta nuestras familias, continuando por los precios de los productos de primera necesidad, eso por no citar los de aquellos que son típicos de estas fechas, para proseguir con la avalancha de ofertas, reclamos y necesidades impostadas que nos plantan ante nuestras narices, para finalizar con el derroche de luz y color que inunda nuestras ciudades. Como resulta evidente, todo esto entra en contradicción con nuestros teóricos principios morales, religiosos y espirituales. El pasado domingo, San Pablo escribía a los romanos: «Comportaos reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño […] Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo.» Rom 13, 11-14ª. El modelo a seguir, es justamente el contrario de nuestro comportamiento en estos días. Por desgracia, nuestras celebraciones actuales, como ya indicaba en una columna anterior, tienen más relación con las saturnales romanas, cuando se decoraban las casas con plantas y se encendían velas para celebrar la nueva venida de la luz, y los ciudadanos de Roma ofrecían regalos a sus familiares y amigo, muy parecidos a lo que hacemos en la actualidad el día de la Navidad o en la festividad de los Reyes Magos. Estas fiestas dedicadas al dios Saturno, dios de la agricultura, tenían como finalidad festejar el fin del período más oscuro del año y el nacimiento del nuevo período de luz, o nacimiento del Sol Invictus, coincidiendo con el solsticio de invierno. Además de estas fiestas citadas, a lo largo del extenso territorio del imperio, a finales de diciembre, coexistían diversas celebraciones vinculadas este momento astronómico. Así los judíos celebran la fiesta de la Janucá, que conmemora la liberación del pueblo israelita, liderado por los macabeos de manos de los griegos. El mazdeísmo persa celebraba su Chahārshanbe-Sūrí lo que se traduce por el “miércoles festivo”, que tenía lugar el último miércoles del año persa y, por último, también en los países escandinavos, más específicamente en Noruega, existía la tradición de celebrar el Yule, de origen pagano, que acabó fusionándose con las celebraciones cristianas. Fue bajo el mandato del emperador Constantino cuando, tras legalizar el cristianismo en el Imperio Romano, en un primer paso de lo que luego se dio en denominar “cesaropapismo” –sumisión de la Iglesia al poder civil- cuando se decidió establecer el 25 de diciembre para la conmemoración del nacimiento de Jesús, de ahí que el término Navidad provenga de la palabra latina “Nativitas”, que significa nacimiento.

Ha llovido mucho desde aquellos, ya lejanos, albores del siglo IV, cuando el cristianismo acabó convirtiéndose en la religión oficial del Imperio romano. Han transcurrido diecisiete siglos y en este tiempo evolución experimentada, especialmente en Occidente, ha pasado de una presencia absoluta de la Iglesia y del fenómeno religioso en la vida de las personas, recordemos etapas históricas en las que se exigía el cumplimiento de los preceptos de la Santa Madre Iglesia, así como la limpieza de sangre para acceder a puestos de índole civil, para contraer matrimonio y hasta para ser inhumados en “sagrado”. En términos castizos, le hemos dado la vuelta a la tortilla y, en la actualidad, desde instancias oficiales, tratan de relegar el hecho religioso al ámbito de la más estricta intimidad. En aras de la convivencia y la inclusión, se trata de que todo lo que huela a cristianismo sea matizado, descafeinado y transformado en un fenómeno estrictamente festivo, es decir en una invitación más al consumo desenfrenado. Basta echar una ojeada a nuestro alrededor: Madrid ha instalado trece millones de luces led, Vigo doce millones, su alcalde habla de retorno para la ciudad de más de ochocientos millones de euros, Málaga instala dos millones, mientras que en nuestra ciudad la cifra alcanza 1.739.370 puntos de luz. En todos coincide un elemento común, el brilli brilli y poco más. Si haceos lo propio con la publicidad que nos atosiga en estos días, podremos comprobar que las palabras más utilizadas son ilusión, luz, color, fantasía, magia, retorno a casa, turrón, fragancia, ¡lotería! y así un largo etcétera. Luego están esas frases que hablan del “olor a Navidad” o del “espíritu navideño” para referirse a una marca de mantecados, de jamón o de pollos asados, ¡todo un lujo! Nada de lo que significa la Navidad y mucho menos del mensaje de fraternidad, amor y paz que representa la figura del Niño de Dios. El clásico portal de Belén ha sido relegado al olvido, siendo sustituido por el árbol llegado de tierras anglosajonas. El rojo Santa Claus, invento de la Coca Cola, se ha convertido en el tótem, en una especie de gran hermano que ocupa todos los espacios, para marcar los ritmos de la celebración. Díganme radical, pero ¿qué pintan esos dos horribles muñecos que presiden Las Tendillas y Gran Capitán? La cosa llega a extremos tan surrealistas, que hay parroquias donde se suprime la Misa del Gallo por falta de feligreses, estamos haciendo un pan como unas tortas, aunque tengo que reconocer que, mientras tengamos tabernas donde se huela a incienso y suenen villancicos al ritmo de marchas procesionales, estamos salvados.

Foto portada: El típico portal de Belén, auténtico símbolo de la Navidad. Foto: PacoRomán





