Se atribuye al filósofo italiano, Nicolás de Maquiavelo, aunque no es el único pues también se le acredita a San Ignacio de Loyola, a Baltasar Gracián, al filósofo Hobbes y alguno que otro más, la famosa frase de “el fin justifica los medios” a la hora de la praxis económica, ética y muy especialmente política. Corren tiempos en los que tal aserto gana adeptos día a día, lo vemos claramente en el mundo de la política, donde todo vale con tal de conseguir y mantenerse en el poder. El caso del presidente del gobierno español resulta paradigmático. Esta reencarnación del bíblico Esaú, hermano de Jacob, que cambió sus derechos de primogenitura por un plato de lentejas, nos habla bien a las claras de, hasta dónde está dispuesto a llegar, con tal de gobernar un día más. Como se suele decir, “vendería a su madre” si fuera necesario. Tal actitud vital se ve reforzada por la permanente ingeniería social que se nos impone desde los centros de poder, donde se juega con una aparente contradicción para conseguir sus espurios objetivos. Por una parte, se favorece un individualismo salvaje, mientras que por la otra se intenta el adocenamiento de la sociedad para evitar la formación de un pensamiento crítico, teniendo su epítome en la corrección política del lenguaje. La conjunción de lobbys que potencian la libre determinación del yo, como si sus impulsores vivieran solos en el mundo (LGTBIQ+, pro abortistas y pro eutanasia, de género, woke y un largo etcétera…); junto con la ideología acrítica, ultramontana y montaraz de la izquierda más extrema, empeñada en reducir la sociedad a un mero número de seres cuyos derechos individuales quedan anulados en favor de unos presuntos derechos colectivos que, en la práctica, invalidan la individualidad, están generando una sociedad abocada al abismo.
Por desgracia, todo esto está calando en lo más profundo de todos y cada uno de nosotros, los cofrades, por lo que estas prácticas y estos comportamientos aparecen, cada vez con más frecuencia, en el seno de nuestras corporaciones y como muestra, algunos ejemplos ocurridos en los últimos tiempos: el primero en el tiempo fue el rechazo, por dos veces, del ingreso en la Agrupación, de la hermandad de la Quinta Angustia. Con independencia de los errores que, en mi humilde opinión, cometió el órgano cofrade a la hora de interpretar los estatutos corporativos, lo que no es de recibo, máxime entre quienes nos llamamos hermanos, que se votara en contra por el triste y lamentable criterio de que cuantos más seamos, tocamos a menos a la hora de repartir o porque me cae mal su hermano mayor o algunos miembros de su junta de gobierno. Otro caso muy similar a este y con los mismos protagonistas, lo tenemos en el rechazo al borrador de nuevos estatutos para la Agrupación. De nuevo, entre todos la mataron y ella sola se murió.
Otro caso que se producía, por última vez y me temo que no será el último, el pasado domingo 20 con las elecciones a hermano mayor en la hermandad de la Esperanza. Como en los casos de las Penas de Santiago o la Santa Faz, de nuevo, los intereses personales se han impuesto sobre los del colectivo. De nuevo, el lobby costaleril se ha llevado por delante la ilusión, el trabajo y el esfuerzo de la única candidata, y su equipo, que ha tenido el valor, y el amor por su hermandad, de dar un paso al frente para tratar de poner un mínimo de cordura y sensatez en una corporación, cada vez más inmanejable, en la que la espada de Damocles del colectivo de “hermanos costaleros” hace y deshace a voluntad, sin proponer alternativas y sin implicarse en el día a día de la hermandad, tanto de carácter cultual como recreativo. Resulta suicida y, hasta nihilista que se prefiera rechazar a la única persona que está dispuesta a pringarse hasta las cejas, porque se piensa que le va a cortar la cabeza a tal o cual capataz, sin oponer una alternativa viable y racional. Es lícito pensar que quien se presenta no está en condiciones de asumir la dirección de la hermandad, pero lo que no es admisible bajo ningún concepto, es que se le ataque, incluso, antes de que formalice la candidatura y, teniendo tiempo, no tener los arrestos de formar una candidatura alternativa para su sometimiento al dictado de las urnas. A no ser que, en los tres meses que tienen ahora por delante, piensen que van a encontrar un tonto útil que acepte figurar, a cambio de ser un mero hombre (o mujer) de paja que actúe al dictado de los hombres de negro. Y, lo que es peor, quien tiene la potestad y los medios para atajar tales desmanes, por regla general, suele ponerse de perfil y no hace nada. En el fondo, pasa igual que en la vida real, un tonto o un burro o ambas cosas detentando las riendas del poder a costa de todo, pase lo que pase y pese a quien le pese. ¡Ah! Y una cosa más, el Catecismo de la Iglesia Católica rechaza expresamente que el fin justifique los medios.
Paso de misterio de la hermandad de la Esperanza. Foto: PacoRomán





