Reflexiones heterodoxas | Y si, ¿¡sí!?

Las brumas de la madrugada comienzan a despabilarse poco a poco. Los rayos del Sol se desparraman lentamente tanto sobre las suaves cotas de la campiña como de las, algo más agrestes, laderas de Sierra Morena. El Corazón de Jesús de las Ermitas es el primero en saludar a una Córdoba que, bajo un azul provocativo, se desempereza de una larga noche de reencuentros familiares, de impúdicas cenas pantagruélicas, de copas largas más allá de lo decente y de un amor impostado porque la noche así lo exige. Solo los perreros arrostran el nuevo día atendiendo a las necesidades de sus respectivos mejores amigos. Por la calle sólo se ven algunas colas al viento que, cadenciosas, se mueven acompasadas al ritmo que marcan, móvil en mano, unas propietarias ajenas a la envidia malsana que despiertan en quienes, por la edad, los kilos, la desgana, la resaca o todo a la vez, caminan con parsimonia al paso de sus canes que, indiferentes, olisquean, levantan sus patas traseras o se agachan para realizar sus deposiciones. Algunos trasnochadores, normalmente en edad cuasi pueril, comienzan a descubrir los secretos de las primeras madrugadas, fuera del calor del hogar familiar, y todavía tienen cuerda para seguir con sus interminables y cansinas conversaciones de preadolescentes.  Como corresponde, ni un bar abierto para poder reconfortar el gaznate con un café que si no está bueno, al menos, esté calentito o un chiringo de machaco que arrase con las carrasperas de la madrugada. Sólo los autobuses, con cadencia pausada y cansina, despoblados y aburridos, surcan las calles, no menos desiertas, de este día de fiesta, con apariencia de víctima de ilegal confinamiento. Es la mañana de Navidad y es hora de dormir. Ya queda una semana para que comience el nuevo año y ¡dos para verle la trasera a la carroza del rey Baltasar! ¡Ole! 

Sus Majestades los Reyes Magos visitando la Hermandad de la Cena. Foto: Rafael del Pozo Almoguera

Acabamos de iniciar el año jubilar de la Esperanza, 365 días por descubrir, doce meses cargados de incertidumbres, de anhelos y aspiraciones que, la mayoría, se van desvanecer como un suspiro, pero muchas otras se convertirán en una gozosa realidad. Lo primero de todo: ¡Que en Semana Santa no llueva! De forma inexorable, comenzará a calentarse el ambiente cofrade en el que nos movemos y nos encanta, recobrando su, hasta ahora, ralentizado discurrir. En unos casos, los Belenes ya dan vida a las casas de hermandad. En otros, serán los Reyes Magos quienes hagan acto de presencia entre los hermanos más pequeños, dando comienzo de este modo al período que da sentido a nuestras vidas. Los primeros cultos precuaresmales serán convocados y poco más tarde comenzará el reparto de papeletas de sitio y la vorágine se apoderará de cada rincón de nuestras almas, cada vez más agitadas porque el gran día, el nuestro, se acerca. Mira que, si al final, la Quinta Angustia consigue entrar en la Agrupación… O Presentación al pueblo logra un acuerdo para acceder a la carrera oficial… ¿Y si se aprueban, por fin, los nuevos estatutos para el órgano rector cofrade? ¿Y si le meten mano a la carrera oficial para resolver, al menos en parte, las graves deficiencias que presenta y así aflojar la tensión que se padece en calles como Cardenal González, Lineros o Lucano? ¿Se acabarán los grupos de presión que ponen y quitan juntas de gobierno a voluntad? Y ya puestos a desear ¿Se darán cuenta los rectores de Capitulares que no hay que conceder subvenciones a las hermandades… Sino que hay que invertir en la Semana Santa? Y los grandes beneficiarios de todos nuestros esfuerzos, los hosteleros ¿dejarán de hacerse los longuis para reconocer que ellos son como la banca, que siempre gana, y aceptan colaborar con quienes ponemos el circo? Y lo más de lo más, mira que, si el año que está a punto de entrar…  Mejor me callo, pero… ¿y si, sí? Sería la caña.


Foto de portada: Misterio de la Presentación al pueblo durante su estación de penitencia. PacoRomán