El Rincón de la Memoria, Portada, Sevilla

San Juan, el Evangelista, de discípulo amado a mártir

San Juan Evangelista es la figura secundaria con mayor protagonismo en la Semana Santa. Aparece en numerosos pasajes, algunos de ellos tomados de los evangelios apócrifos. Acompaña a María Santísima en la calle de la Amargura, ayuda a descender el cuerpo de Jesús y está presente en su entierro. En algunas representaciones se muestra imberbe, para acentuar la juventud de uno de los seguidores más destacados de Jesús. Formó parte de algunas hermandades siendo procesionado junto al crucificado del Calvario o consolando a la Virgen de Loreto, de San Isidoro.

La importancia de San Juan para las hermandades y cofradías es tan que muchas de ellas cuentan con su representación, aunque no salen en procesión. Es el caso del que posee la hermandad del Cachorro o las Penas de San Vicente, que este año pudo verse sobre el paso de la Virgen de los Dolores toda vez que la corporación anunció a través de sus canales oficiales que no realizaría la estación de penitencia. San Juan está presente también en la hermandad de la Esperanza de Triana, aunque en esta ocasión si es procesionado en el domingo del Corpus Christi, recorriendo las calles del viejo arrabal. Tantos y de tan bella factura, que conllevaría una larga lista que con sumo acierto supo componer Andrés Ugarte en la obra donde es protagonista. También los hay de una destacada calidad. Es el caso del San Juan de la Amargura, datada en el año de 1760 y obra, según los historiadores, de Benito de Hita y Castillo, destacado hermano de la Sacramental de San Juan de la Palma. También sobresale la imagen del santo que es propiedad de la hermandad de la Sagrada Lanzada, de autor anónimo y realizado hacia 1703, ejecutado en madera policromada. Algunos estudiosos lo consideran realizado por un seguidor del taller de Pedro Roldán. Es probablemente la mejor talla secundaria con la que cuenta la corporación radicada en San Martín.

San Juan Evangelista, de Martínez Montañés. Foto: Museo Nacional de Escultura

En las clausuras, principalmente las femeninas, fue habitual hallar representaciones tanto del Bautista como del Evangelista, e incluso se llegaron a establecer preferencias de uno sobre otro contando con los baptistas frente a los evangelistas. Martínez Montañés y sus discípulos trabajaron en parte de los conventos femeninos, como es el caso de Santa Clara, San Leandro, Santa Paula o el de Pasión, que acabó desapareciendo y con él, gran parte de un irremplazable patrimonio.

El convento de Santa María de la Pasión, regentado por las dominicas, llegó a contar con una representación del martirio de san Juan Evangelista, realizado en madera de cedro y de pino tallada, estofada y policromada. La imagen forma parte de los fondos del Museo Nacional de Escultura, que lo adquirió en 1985. El santo aparece anciano, tallado y policromado por completo, mostrando los típicos rasgos montañesinos, como son la disposición de los paños o los detalles anatómicos.

Sobre él, un altorrelieve de su martirio. La imagen fue realizada para rematar el retablo de San Juan Evangelista del jurado Luis de Villegas, pero tras la desamortización acabó dispersa una de las grandes joyas del cenobio. Su realización fue contratada por Martínez Montañés en 1638 por 580 ducados, otorgando carta de pago el cinco de agosto del mismo año, e n este caso por valor de 400 reales –los 180 restantes fueron para Francisco Varela, por las labores de policromía y dorado–.

El relieve cuenta el martirio del Evangelista. Según la tradición, sucedió durante la persecución de Domiciano, cuando fue detenido en Éfeso por difamar a los dioses. Martínez Montañés lo representa sumergida hasta la cintura en una cuba, donde destacan las cuatro fauces de leones que sujetan unas anillas observándose a los pies las garras de estos. Se intercalan con troncos, que fueron colocados de manera que al ser prendidos pudieran generar calor con la finalidad de potenciar el sufrimiento del discípulo amado. En oración, el santo junta sus manos, dirigiendo su mirada hacia las alturas, con cabello largo y barba. Detrás del altorrelieve, un paisaje tosco muestra las montañas y tras su cabeza un sol radiante emite sus rayos.

Una idea aproximada de cómo fue la composición pudo verse en la muestra que el Museo de Bellas Artes dedicó al imaginero de Alcalá la Real. Por este motivo fue restaurado íntegramente en el taller de la institución. Fue acompañado por cuatro pinturas realizadas al óleo, una ocasión única para contemplar cómo fue aquel patrimonio que se dispersó en la lejana centuria del XIX. En ellas se representa a santa Catalina de Siena y santa Lucía, situadas en la parte del Evangelio, bajo san Cristóbal, y en el otro lado, santa Catalina de Alejandría y santa Teresa de Jesús, bajo san Agustín. Estas cuatro obras, realizadas por Francisco Varela ingresaron en las colecciones del Museo de Bellas Artes de Sevilla en 1869 junto con el altorrelieve del martirio, desconociéndose el paradero de la imagen titular que, como puede comprobarse, pasó a formar parte del Museo Nacional de Escultura.

Retablo de san Juan Evangelista. Foto: Museo Nacional de Escultura