Como siempre, callada, sin hacer ruido, ha llegado la Cuaresma. Envuelta en la luz del sol, el azul del cielo y el alegre ambiente en las calles por las temperaturas que vivimos. Ha llegado para buscar, como bien dice mi amigo Fernando, para salir al encuentro de María, pues Ella es el camino para llegar a Dios. Pero es a Él a quien debemos llegar.
El pasado Miércoles de Ceniza nos recordaron en la Eucaristía que debemos ayunar, orar y dar limosna. Pero sin alardes, sin que nadie se entere. No sirve de nada hacerlo para que todo el mundo vea lo buen cristiano que eres. «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha».
¿Pero sirve de algo no comer carne el viernes cuando podemos hacerlo el jueves? Siempre me he preguntado eso. Y que conste que sigo la tradición en casa pero acaso, ¿el buen ayuno no sería privarse durante este tiempo de algo que verdaderamente te cueste? Hay quien deja de fumar durante este tiempo o se priva de algo que le gusta mucho. ¿No es mejor esa penitencia? No sé, no lo tengo claro.
A través de una misiva, el Santo Padre, entre otras indicaciones no hace llegar esta reflexión «es tiempo de actuar, y en Cuaresma actuar es también detenerse. Detenerse en oración, para acoger la Palabra de Dios». Es tiempo de parar y encontrarse con Él. Detenerse y reflexionar, de orar, como Jesús hizo en el desierto antes de comenzar su vida pública. Y no hay mejor manera que orando en soledad. Ya saben… Sin alardes. Sin presumir.
El Papa Francisco sugiere que «la Cuaresma sea también un tiempo de decisiones comunitarias, de pequeñas y grandes decisiones a contracorriente, capaces de cambiar la cotidianeidad de las personas y la vida de un barrio: los hábitos de compra, el cuidado de la creación, la inclusión de los invisibles o los despreciados. Invito a todas las comunidades cristianas a hacer esto: a ofrecer a sus fieles momentos para reflexionar sobre los estilos de vida; a darse tiempo para verificar su presencia en el barrio y su contribución para mejorarlo».
Y ahí entra la lismona. Dar limosna, en estos tiempos que corren, cuesta. Pero señores, tenemos para ir a tomar café, para salir a reencontrarnos con amigos de nuestras hermandades y tomarnos algo, para cualquier cosa, ¿no tenemos para ayudar a los demás? Además, podemos ayudar sonriendo a nuestro compañero de trabajo, dando los buenos días a esa mujer con la que nos cruzamos en el portal mientras miramos cualquier tontería en el móvil. Podemos ayudar haciendo esa visita a la que siempre ponemos excusas…
En definitiva, vivamos plenamente esa nueva Cuaresma. Casa año, Dios nos da el regalo de poder vivirla y hacerlo mejor. Busquemos a Dios en nuestra vida, en nuestro corazón… Está ahí, con nosotros, a nuestro lado, sólo debemos de parar en este mundo de locos.





