El dialecto materno. Qué bonito, ¿verdad? Hace referencia a la comunicación existente entre una madre y un hijo. Una comunicación verbal y no verbal, que a veces pasa tan desapercibida… Una madre no sólo habla, sino que acaricia, regala una mirada o una sonrisa, da un abrazo…
De esta expresión tan bonita ha manifestado Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla, que estuvo conversando con su Santidad, a raíz de imágenes de madres con hijos en brazos, ambos vistiendo el hábito nazareno de su Hermandad. La madre es canal de fe, como lo es María. A Dios, a través de María; pues tal como ha dicho Su Santidad el Papa Francisco: «María es la madre que con paciencia y ternura nos lleva a Dios, para que desate los nudos de nuestra alma».
Dialecto materno. ¡Qué bonita expresión! Una madre, normalmente, es la guardiana y la conservadora de la fe en el hogar. Es la primera persona que enseña a rezar o, por lo menos, a hablar con el Niño Jesús a través del «Jesusito de mi vida». ¿Quién no lo recuerda?
En las hermandades esta disyuntiva se lleva también a cabo. Las madres son las personas que viven con los más pequeños sus primeras Estaciones de Penitencia. Cuidan de todo, de lo externo y lo interno. Se sienten orgullosas de ser quienes guían en el camino de la fe a sus pequeños. Como María, no les dejan solos; están siempre con ellos. Siempre caminan junto a ellos… También como nuestra Madre del Cielo: «María nos acompaña y lucha con nosotros…». Una madre acompaña en el sendero de la fe, a través de ese dialecto materno que es manantial rebosante de amor y ternura.





