Hoy, día de Sor Ángela de la Cruz no puedo evitar acordarme de Luis León, capataz eterno de La Esperanza. Un hombre de sangre verde. Hombre agradecido por haber sido bendecido y ser macareno.
¿Que por qué me acuerdo de él? Es sencillo. Hubo un año, no un año concreto, en que les habló a sus hombres, bueno no, a los hombres de la Virgen de La Esperanza, a las puertas del convento de las hermanitas de la cruz, viniéndoles a decir, que estaban ante la estampa de lo que tendría que ser el cielo. ¡Y cuánta razón llevaba, que hasta los soldados romanos ante Sor Ángela se postraban!
La sexta bienaventuranza dice «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿Hay alguien más limpias de corazón que aquéllas que lo dan todo por los más necesitados? ¿Hay alguien más limpias de corazón que aquéllas que en los tiempos más convulsos salen sin miedo? La respuesta es no. Por eso ellas han visto a Dios. Y lo han hecho a través de la sonrisa del necesitado o la caricia del enfermo. Pero, sobre todo lo ven a través de María, a través de la Macarena, cada Viernes Santo amaneciendo el día, cuando la Esperanza va a visitar un cachito de cielo en la tierra.
Luis León hablaba como nadie le ha hablado jamás a la Esperanza. Con él y las monjitas de Sor Ángela, me quedaba dormida soñando con ese mundo idílico con el que se sueña de pequeña. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!





