El pasado Lunes Santo, fueron dos las hermandades que tuvieron claro el fin de cualquier hermandad penitencial, postrarse ante el Santísimo en la Santa Iglesia Catedral. Y allí se tuvieron que quedar.
Los muros del primer Templo de la Diócesis cordobesa, tuvieron que acoger a dos de las cofradías de barrio por excelencia. Allí, en la casa de todos los cristianos, supieron estar a la altura de las circunstancias, no obstante, y debido al gran cariño que nos tenemos entre las hermandades, muchas fueron las idas y venidas para buscar a ese amigo, a esa hermana de la otra Hermandad.
Jóvenes y no tan jóvenes de las dos cofradias se buscaron, sin que ello supusiera el fin del mundo. Entre otras capas, otros cubrerrostros, encontraron a aquellos con los que fundirse en ese abrazo que reconforta el alma y es bálsamo para el corazón.
Nada de lo que pasó en el interior de la Santa Iglesia Catedral ha trascendido al público que esperábamos la decisión adoptada ese día. Pero una, que tiene la suerte de contar con amigos y amigas en casi cualquier parte, ha podido saber que la verdadera Semana Santa es la comunión entre las hermandades y unión de sus hermanos a pesar de llevar colores distintos, pues como dice la sevillana rociera «tu Simpecao y el mío tienen distinto color… hacen caminos distintos, lo adorna distinta flor… Pero no importa, tus sentimientos y los míos tienen la misma razón…». Aquí el verdadero sentido de todo es la unión ante el Santísimo y el primer sagrario, su Bendita Madre.
Vaya para estos amigos mi enhorabuena por su estación de penitencia el pasado Lunes Santo y por engrandecer aún más nuestra Semana Santa.





