Cuando el incienso empieza a disiparse y el sonido del último tambor queda en el recuerdo, llega el momento de reflexionar. La Semana Santa de Córdoba 2025 ha sido, en muchos sentidos, un espejo fiel de nuestras fortalezas y también de nuestras carencias. Hemos vivido estampas de una belleza sobrecogedora, calles abarrotadas de emoción y cofradías que han sabido mantener viva la fe y la tradición. Pero también hemos presenciado un desfile de descoordinaciones, silencios incómodos y decisiones que han dejado a más de uno bajo la lluvia, literalmente y en sentido figurado.
Este año, el problema no ha sido únicamente el cielo. La climatología, caprichosa como siempre, puso a prueba a nuestras hermandades. Pero lo preocupante no fue tanto la lluvia como la gestión de la incertidumbre. La falta de criterios comunes, la ausencia de comunicación fluida entre cofradías y un protocolo que, aunque revisado, sigue sin funcionar como debería, han empañado más de una jornada.
No es de recibo que, a estas alturas, sigan ocurriendo cruces innecesarios de itinerarios, que unas hermandades se vean obligadas a correr mientras otras se plantan en mitad de una calle sin previsión ni explicación. Tampoco que haya quien decida salir cuando la prudencia aconsejaba lo contrario, provocando que otras, con decisiones más cautas, paguen las consecuencias mojándose o renunciando a su estación de penitencia.
La Semana Santa de Córdoba no merece improvisaciones. No puede depender del pulso individual de una junta de gobierno o del presentimiento de un capataz. Necesita estructura, coordinación y, sobre todo, respeto mutuo entre hermandades. Porque cuando falla la organización, el damnificado no es solo el hermano que ve su túnica empapada, sino todo un pueblo que ha depositado su alma en estas calles.
No se trata de buscar culpables, sino de asumir responsabilidades. La Agrupación debe dar un paso adelante. Es necesario revisar el actual protocolo, adaptarlo a la realidad de nuestra ciudad y, lo más importante, garantizar su cumplimiento. La autoridad moral no basta si no se traduce en liderazgo efectivo.
Y no olvidemos algo esencial: la Semana Santa no es solo una expresión de fe, sino también un evento cultural, social y turístico de primer orden. Quienes nos visitan no entienden de rivalidades internas, de guerras de horarios o de decisiones de última hora. Solo ven caos o grandeza, y este año han visto demasiado de lo primero.
Aún estamos a tiempo. Córdoba tiene la belleza, el patrimonio humano y espiritual, y la historia para tener una Semana Santa ejemplar. Pero nos falta organización, humildad y visión de conjunto. En definitiva, nos falta caminar todos al mismo paso.





