Acabo de aterrizar en Córdoba. Deshacer maletas. Haz comidas. Prepara un poco para mañana, que volvemos al cole y a nuestros puestos de trabajo. Mientras almuerzo, pongo la retransmisión de Canal Sur de todo lo acontecido ayer en Sevilla y pienso: «yo… he sobrevivido a La Magna».
He sobrevivido al miedo desmedido que fue difundiendo el Ayuntamiento sevillano acerca de la gran afluencia que se esperaba en la capital andaluza. Menos mal que a mí las bullas… Como digo con mi amiga Rocío: «¿Quién dijo miedo habiendo hospitales?» Los datos que han lanzado hablan de la mitad de lo que se esperaba. Líneas rojas con las que jugaban los más pequeños, desatando las risas de todos aquellos que lo presenciábamos.

¿Bulla? Déjenme decirles que tanto en los traslados como en la procesión, he podido contemplar los pasos en primera o segunda fila. Sin ningún tipo de agobio. Y debo apostillar que no todos los lugares eran zonas amplias. Si lo eran Paseo de Colón (Esperanza de Triana y Cachorro), Alameda (Esperanza Macarena). He estado también en calles más o menos estrechas, como O’Donnell, donde vi al Señor de Sevilla; Trajano o Parras con la Esperanza Macarena. Pastor y Landero donde contemplé a las que venían de la otra orilla ¿Bulla? He podido transitar por todo el perímetro de la Santa Iglesia Catedral. Todo el centro sevillano y algunas que otras calles.
Debido a ese miedo que quisieron meter, en señal de protesta, varios establecimientos hosteleros, cerraron el día de La Purísima, por lo que muchos nos tuvimos que ir a los barrios aledaños al centro para comer, pues en El Salvador, por ejemplo, una mesa no podía estar montada hasta las 18:00 horas, yendo las hermandades para el lado contrario y no volviendo al centro hasta entrada la noche. Pero oye, nada de veladores en la plaza, vaya a ser que a los de fuera nos dé por sentarnos allí y comernos un cartuchito de pescaíto tranquilamente.

He sobrevivido al frío polar que hizo que, por mi maleta, pareciera que viajaba al polo en vez de a escasos ciento y pico kilómetros de mi casa. Ha hecho frío, sí. Han bajado las temperaturas, sobre todo, las nocturnas, pero jolín… ¡estábamos en el puente de la Virgen! ¿Qué esperábamos? No obstante, el sábado, esperando a la salida del Puente a las cofradías de Triana, más de uno se puso en manga corta. ¡Qué despropósito! En fin, ha hecho mucho frío para aquellos jartibles que hemos querido exprimir cada minuto de estas intensas madrugadas.
Y he sobrevivido a los cangrejeros y a los fuegos artificiales. Será que estoy acostumbrada a la marea humana y a los cohetes del Rocío. No ha habido nada más bonito que ver al pueblo de Lora con su patrona. A los cirios verdes en esa bulla tan sana que lleva la Esperanza. Esto no quita, que denuncie lo visto en un video en la calle Pureza, pero que, aunque es genuino de Triana, ante esa situación, el capataz pide tierra y la gente tiene que andar. Pero eso es Triana, según dicen algunos. Les tengo que reconocer, que poco sé de esa bulla.

Y gracias a Dios que he sobrevivido. De esta manera podré recordar las lágrimas de un almonteño cuando su Reina pisaba Sevilla tras dejar su barrio. Y yo con él. Podré rememorar la paz que sentí al encontrarme cara a cara con el Señor, el mismo Dios, al clarear la mañana. Y podré evocar el olor a nardos de la patrona sevillana hasta un nuevo agosto. Porque también vino a buscarnos. A dos que llevábamos algún tiempo sin verla. Y se nos puso de cara. Ella lo quiso. Y podré soñar de nuevo, con la Esperanza de mi vida, en calle Parras. Un sueño que es toda una eternidad a tu lado. Ancla de mi fe. Rosa de cristiandad. Un sueño de barrio universal que hizo que todo cobrara sentido al tenerte frente a frente.
Yo lo puedo decir, ¡he sobrevivido a la Magna de Sevilla!






