De nuevo… otro 24 de enero. Un día de fiesta, día de Nuestra Señora de la Paz, día de blanco nácar, de blanco cal de nuestra plaza, del blanco de nuestro hábito, esa prenda sagrada que guarda los secretos que, en nuestra intimidad, les contamos a Ellos. Blanco…
Sin embargo, no lejos de Córdoba, este día se tiñó del más oscuro de los colores que conforman nuestra paleta cromática. Quince años hace que la oscuridad, en el día de la blancura, se apoderó de un hogar donde la esperanza rebozaba por sus cuatro paredes. Una esperanza que espero que no se haya perdido, a pesar de esa dura Estación de Penitencia que ha tocado vivir día a día.
No hay año que recuerde ese día de 2009. Recuerdo perfectamente como me enteré, donde estaba, incluso lo que sentí. Como el corazón se encogió y me dolió el alma. Una vida que empezaba se truncaba por la cobardía de unos y unas cuantas cobardes, algunos de ellos resguardados bajos las poderosas alas de aquellos que deben buscar justicia.
Por eso hoy, en el día en que la Paz debería reinar por doquier, no le deseo el mal a nadie; no soy quien para juzgar, pero estoy segura que… ¡no habrá paz para los malvados!





