Advertisements
El Cirineo, 💙 Opinión

Si no existiera Fernández Cabrero habría que inventarlo

Poco ha tardado la Sevilla más rancia en revolverse como una haba tostá ante las verdades como puños con las que se ha despachado el hermano mayor de la Macarena, José Antonio Fernández Cabrero, en la entrega de los VIII Premios de Responsabilidad Social Empresarial. Verdades como puños, -aplaudidas en silencio por la otra Sevilla, la de verdad, la inteligente y abierta, la que, en su auténtica grandeza, es consciente de sus virtudes pero también de sus defectos- que han sido respondidas con una serie de ataques furibundos de indignaditos enfadadísimos por sus palabras. «No comprendo a ninguna Hermandad ni creo en ellas si no son fraternas, caritativas y sociales» (…) «¿Cuántas hermandades hay en Sevilla? Muchas. ¿Cuántas son las que ayudan? Pocas… ¡Hermandades! ¡Despertad!».

¿Alguien puede realmente ponerle objeción a estas afirmaciones? Ojo, ayudar de verdad, porque de eso ha hablado el hermano mayor, no dar limosna que siendo bueno es insuficiente con la que está cayendo. Pero claro, que venga alguien -de Santander ha llegado a decir alguien, como si eso le inhabilitase para hablar de Sevilla- a decirle a la cara a los sevillitas más recalcitrantes que tienen mucho que mejorar, es algo que algunos, demasiados por desgracia, no están dispuestos a tolerar impertérritos sin levantarse en armas para enarbolar la bandera de la intocabilidad de la pureza inmaculada de la Tierra de María Santísima y el «yo te digo que Sevilla es la Gloria de los Cielos». Por cierto, yo soy de Madrid, por si alguien me quiere meter en el saco de quienes no tienen derecho a opinar.

Una manada de indignaditos que piensan que mean colonia, que no tienen nada que aprender de nadie… los mismos que llevan décadas nadando en la autocomplacencia, encantados de haberse conocido, los que insultan a las bandas de fuera porque vienen a arrabatarle su sitio, el que les corresponde por derecho divino, a las que son más Sevilla que la Giralda, ¿qué digo que la Giralda?; que la propia Sevilla, afirmando que vienen por dos duros cuando las que se ofrecen por dos duros fuera de Sevilla son algunas bandas hispalenses… «¿Quién osa decirnos a nosotros, espejo en el que se mira todo el universo cofrade obnubilado por nuestra magnificencia, que hay cosas en las que debemos crecer o mejorar y que no lo hacemos todo a la perfección?»

Con lo fácil que es llevarles la corriente -azúcar, flores e incienso hasta el aburrimiento-, ¿cómo se le ocurre, señor Cabrero, decirle a la cara estos intocables que sus cofradías -ejemplo y envidia del universo entero- no son perfectas, que su acción social tiene aspectos que mejorar, que una hermandad es mucho más que chicotás memorables o solos interminables, palmaditas en la espalda o golpes de pecho de cara a la galería y portadas moradas, un par de recogidas de mantas o alimentos al año, y que, en virtud de su dimensión social y de su incalculable valor, en todos los sentidos, están obligadas a dar muchísimo más de lo que dan, sin menoscabo de reconocer lo que ya dan. Porque decir que dan poco no significa decir que no dan nada, que a algunos hay que hacerles un croquis. Significa imponerse un nivel de autoexigencia que quienes se conforman con cualquier cosa son incapaces de entender y mucho menos de aceptar, porque cuestiona lo que defienden desde siempre y les aleja del paradigma de perfección absoluta que no es más que una ensoñación.

Las hermandades necesitan que se les ponga frente al espejo. Lo ha hecho el arzobispo de Sevilla en varias ocasiones, y fueron también muchos los kofrades -no confundir con cofrades- los que entonces se ofendieron por poner en duda lo que consideran incuestionable, sacando datos de debajo de la alfombra para justificar lo que hacen sin perder ni un solo instante en pensar en lo que no hacen. Ahora ha sido Fernández Cabrero, a la cara, como siempre, a pecho descubierto, no como otros, quien ha tenido la valentía de poner a la Sevilla cofrade frente a sus propias vergüenzas, ante sus miserias más enquistadas. «Hacemos lo que podemos»…, «es que con lo de las sillas estamos apuros»…, Quizá ese sea parte del problema: cofradías dependientes de ingresos exógenos que cuando llega un cataclismo como el que tenemos encima bastante tienen con sobrevivir… como para ayudar a los demás. Hermandades que, en base al potencial que tienen,  o se les presupone, o pregonan, deberían dar mil si dan quinientos y mil quinientos si dan mil. Y que si no pueden, deberían reinventarse, en profundidad.

Y que conste que no se trata de exigirle al que menos tiene, sino mayor esfuerzo a quien sí puede permitirse el lujo de hacerlo, o debería poder, si no se hubiese distraído tanto en todas estas décadas en las que el foco estuvo situado siempre en la parafernalia barata en lugar de lo que en realidad importa. Porque, ¿a quién se refiere Fernández Cabrero? ¿A las pequeñas agrupaciones parroquiales? ¿A las hermandades de vísperas? ¿A los más pequeños y débiles? O, por contra, se refiere a otros, esos que pregonan navegar como trasatlánticos, o al menos como cruceros, y llevan meses eludiendo su responsabilidad con cuatro iniciativas de medio pelo y mucha parafernalia en redes sociales? Aunque seguramente se refiere a todos, cada uno en la medida de sus posibilidades.

José Antonio Fernández Cabrero ha dicho lo que muchos pensamos. No hay que perder ni un solo instante en el onanismo, por satisfactorio que en ocasiones pueda ser. El tiempo se agota, el desastre se multiplica por los rincones y es momento de hacer más, mucho más… Eso, y no otra cosa es lo que ha dicho el hermano mayor de la Macarena, aunque eso suponga dejar de lado todo lo demás, lo superfluo, lo accesorio, lo innecesario… Por el bien de Sevilla, de sus Hermandades y de Sevilla. Y es que, como les decía al principio, si no existiera Fernández Cabrero habría que inventarlo. Sólo voces edificantes como la suya, capaces de decirle las verdades del barquero a quien sea cuando sea agitan conciencias y obligan a reaccionar y a tomar partido. Que cada uno elija bando, el de la autoexigencia o el de la autocomplacencia y la critica barata a quien tiene los arrestos de decir lo que otros piensan pero callan. Yo sé cuál es el mío… ¿y usted?

Advertisements

Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para recibir todas las novedades. 


Powered by WordPress Popup