Evangelium Solis, 💙 Opinión

«Si quieres, puedes limpiarme»

Otra semana más viene a Gente de Paz el Evangelium Solis de esta semana, sexto Domingo del Tiempo Ordinario, y último Domingo antes de que llegue la Cuaresma.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,40-45):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.» Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes. Palabra del Señor

La lepra es una enfermedad que externamente y visualmente la persona sea repugnante. En tiempos antiguos, la lepra era una enfermedad muy temida. Se temía su aspecto pero se temía más que era una enfermedad muy contagiosa. Al que tenia lepra, era expulsado de la sociedad. Lo mejor era ni acercarse y mucho menos tocarlo. Se corría el peligro de contagiarse. Nadie se quiere acercar a él, nadie ayuda a un leproso. Es impuro y contamina a los demás. Cualquiera que se acerque a él, corre el riesgo de ser marginado. La sociedad primitiva mostraba así su temor ante una enfermedad frente a la que no tenía medios con los que defenderse.

Hoy se sabe como curar la lepra. Pero hay otras “lepras”, otras realidades sociales frente a las que nos hace sentirnos mal y preferimos echar la cara para otro lado, marginar de la sociedad a los que las padecen, expulsarlos y abandonarlos en la cuneta. Leprosos son ahora los inmigrantes, los que salen de la cárcel, los pobres… Leprosos se nos hacen todos los que son diferentes de nosotros por su raza, cultura, religión o lengua. De todos ellos ponemos una barrera de separación, les marginamos. Marcamos fronteras y límites que no deben pasar. Su presencia cerca de nosotros hace que no nos sintamos bien. Por eso les mantenemos lejos y aparte.

Jesús rompe esas barreras artificiales. Jesús se acerca y cura al leproso. El evangelista Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está cruzando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. El leproso vive en la soledad. Lleva en su rostro la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.

De rodillas, el leproso hace a Jesús una humilde súplica. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies a aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos abandonados. Jesús «extiende su mano» buscando el contacto con su piel, «lo toca» y le dice: «Quiero, queda limpio».

Con este gesto, Jesús demuestra que su enfermedad no es fuente de impureza, no mata. Y lo hace tocándolo. Es un momento muy importante, ya que Jesús, al tocar al leproso, se hace oficialmente impuro. Jesús se hace a sí mismo marginado. Así es como Dios nos cura y nos salva. Se hace uno con nosotros. Jesús nos toca y, al tocarnos, rompe todas las barreras que la gente ha establecido entre los buenos y los malos, los puros y los impuros, los justos y los injustos. Dios acerca y une, Dios junta y no divide. Él nos llama a todos a formar la única familia de Dios.

Si es verdad, que hay que comprender que el leproso no obedeciese a Jesús y contase lo sucedido a todos los que encontró y que la gente buscase a Jesús después de conocer lo sucedido. Hoy nosotros nos acercamos a Jesús para que nos cure la lepra. Y Jesús lo hace. Sin duda alguna. Pero, al mismo tiempo nos hace ver que, igual que nos cura a nosotros, no hay razón para marginar a otros. Nos hace ver que no hay casos perdidos, que para Dios todos tenemos futuro. Y una razón por la que vivir. Y que todo lo debemos hacer para la gloria de Dios, que no es otra que el bien de la persona humana. Por ello, la mejor actitud que debemos de tener y lo que debemos de hacer es, como Pablo, seguir el ejemplo de Cristo y acercarnos a todos los leprosos de nuestro mundo para curarlos e invitarlos a formar parte de la familia humana. Esto tan sencillo y que, por desgracia, tanto nos cuesta es ser un verdadero Hijo de Dios.

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