Soledad, infinita humildad franciscana

En el barrio de Santiago, las festividades pasadas se van disipando a la vez que lo hacen las lluvias y el frío así como el ambiente alegre por el nacimiento de Cristo se va templando y es que ahora todo vuelve, aparentemente, a la normalidad.Pero no es así. Estamos llegando a los 40 días en lo que todo se va transformando: los olores a turrón y mazapán dejan paso al olor del incienso. Las luces y los colores llamativos, cambian por la serenidad y el rachear de los ensayos de los pasos, y el sonido de panderetas y zambombas se transforman en redobles de tambores y toques de cornetas.Todo va cambiando poco a poco a un ambiente más pobre y hostil, pues muy diferente a las alegres fiestas vividas, vienen otras cargadas de profundo dolor y sufrimiento.La reina del interior de la Iglesia de Santiago, Soledad, también decide pasar de sus lujosas vestimentas a ropa de pobre cortesana, tan humilde y sencilla, que en su época pasaría perfectamente desapercibida. Se quita su Corona, pero las estrellas no permiten que en su cabeza no descanse una distinción de su soberanía y deciden convertirse en una diadema que embellezca su figura.Y es que todo va rotando, todo se turna y todo fluye. Todo menos Ella. Su mirada penetrante sigue hundiéndose en mi ser cada vez que me acerco a ella, sus lágrimas siguen rodando por su bello rostro de la misma forma dolorosa y el hoyuelo de su barbilla sigue quedando tan encantador como siempre.Pero eso no es todo, la pena por su hijo es la misma, su corazón desgarrado de dolor sigue igual de roto y sus brazos no dejan de indicarme, que mi alma sigue descansando en ellos, para de este modo en su pecho, yo continuar cobijándome.