Miradas bajo el cubrerrostro, 💙 Opinión

¿Tiempo de conversión?

Chicotá a chicotá el nazareno se va acercando a esas calles que anuncian la próxima Semana Santa. Llega el tiempo de caminar por la Cuaresma. Ese tiempo al que últimamente se le ha dado más importancia que a la propia Semana Mayor. Como ocurría con el Bautista, seguían al que anunciaba y no al verdadero Salvador. Con la Cuaresma ocurre lo mismo. Le damos un peso y una importancia a estos cuarenta días por encima del que le damos a los siete días en que recordamos y celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección.

No obstante, no por ello debemos despojar a este periodo de su importancia, pues debe servirnos para prepararnos para esos días.

Y por ello nos recuerda la Iglesia cada año que comenzamos un tiempo de conversión. Un tiempo de preparación. Un tiempo en que tomar conciencia de los momentos que vienen.

Os doy mi palabra de que cada año me tomo estos días con este propósito. Con un propósito de reflexión, de preparación, de ilusión… y, por qué no decirlo, de perdón.

Sentimientos que ayudan a prepararte para vestir la túnica nazarena, para tomar el costal. Siempre como buen cristiano, y no sólo como una rutina más.

Pero este año vuelve a ser una Cuaresma distinta para mí. Y os ruego me permitáis en esta ocasión abrir mi corazón un poco más de lo que hago cada semana a quienes dedican unos minutos a estas miradas que un nazareno tiene bajo su cubrerrostro.

Este año han ocurrido muchas cosas en mis vivencias como cofrade. Muchas decepciones personales desde el punto de vista de la hermandad. Traiciones a la amistad y a la confianza, decepciones con quienes están puestos para dirigir a un grupo de hermanos y de católicos. Nunca olvidemos esto. Quienes dirigen a los hermanos y quienes deben guiar a esos hermanos desde la Fe.

Cosas que han hecho que, por primera vez en mi vida, incluso en los años en que he vivido lejos de Córdoba, no se me haya impuesto la ceniza en San Pedro, o que no haya tenido ánimo para acudir a la Misa de Regla de mi hermandad.

Muchas de las personas que están ahora mismo al frente de mi hermandad expresan a voz en grito que no se rebajan a leer las publicaciones de este periódico del submundo cofrade, demostrando dos cosas: por una parte, una posición de superioridad cofrade, moral o de corrección sólo entendida por ellos; y por otra, una falta absoluta de sinceridad y verdad en esa afirmación. Pues siempre tienen conocimiento de lo que se publica, o de lo que yo publico en Gente de Paz. Demostrando la hipocresía del cofrade que presume de cristiano. Bueno, vamos a darles otra ocasión para comprobar si cumplen con lo que dicen. O si reprocharán lo aquí publicado, pese a no dignarse a leer esta publicación.

Quienes sabían de mi postura ante estos primeros días de Cuaresma y de Quinario al Stmo. Cristo de la Misericordia me han criticado la misma. Siempre con el mismo argumento tan manido: el Cristo no tiene la culpa. Y es cierto. No achaquemos culpas a quien no las tiene. Y mi devoción a mis Titulares sigue fuerte como roca. Lo que he perdido por completo es la Fe en mi Hermandad.

La Cuaresma no puede ser sólo un tiempo de conversión para unos pocos. O todos jugamos con las mismas reglas, o siempre habrá un tonto que salga dañado gracias a su buena voluntad, y siempre habrá quien se ría del que pone la otra mejilla.

Debe ser tiempo de perdón para todos, de reflexión para todos. Y muy en especial para quienes están al frente de las hermandades.

El problema de algunas palabras es que no siempre se las lleva el viento. Y aún recordamos muchos cómo José Manuel Maqueda Estepa, el día que consiguió alargar su mandato, dijo en un discurso lleno de intenciones vacías que su misión sería la de atraer y ganarse a las personas que no le habían apoyado en esta elección. Han pasado varios meses desde aquel día y seguimos esperando esa conversión de la palabra al hecho. Lo dicho, intenciones vacías y mensajes llenos de nada.

El problema está en que uno siente cada vez más que las cofradías son un fiel reflejo de la sociedad política que vivimos. Y si no, veamos algunas similitudes:

  • Campañas electorales llenas de mensajes y proyectos que quedan en nada cuando se es elegido.
  • Creación de división en el seno de las hermandades antes, durante y después de los procesos electorales.
  • Fabricación de la verdad única y amordazamiento a todo lo que parezca ir en contra de las directrices dadas desde las Juntas de Gobierno, sobrepasando toda libertad de expresión sobre realidades, ya que no estoy hablando de libertad de opinión.

Así se consiguen hermandades cada vez más cerradas para quienes tienen una forma de entender todo estos distinta a la establecida (lo cofrademente correcto que ya decíamos en anteriores ocasiones). Y así conseguimos eliminar a personas que llevan toda su vida ligados de una manera muy estrecha a la vida de sus hermandades.

Es triste y desalentador ver una realidad cada vez más palpable: actos llenos de gente e iglesias vacías.

Asimismo, es realmente doloroso ser testigo de otra realidad: cofrades que, con todo el dolor de su corazón, dejan de acudir a actos de culto o a cualquier actividad de sus hermandades por el cansancio y el sufrimiento que padecen, intentando volcar sus ganas y sus talentos en otras hermandades más necesitadas de esas fuerzas y esas ideas.

Esta última realidad es celebrada por algunos como una victoria ante el hecho de quitarse de encima a todo aquél que cuestiona. El tiempo pone a todos en su sitio. Y lo que hoy perciben como una victoria, no es más que el empobrecimiento a medio plazo del patrimonio más valioso de toda hermandad: sus hermanos.

No tomemos esta pandemia como excusa para camuflar decadencias y deterioros en la vida de las hermandades. Pues la pandemia pasará, y entonces no habrá virus en el que escudar la incompetencia.

Que la Cuaresma sirva para convertirnos todos, desde el primero hasta el último de los hermanos. Y que sirva de reflexión y arrepentimiento a quienes reprochan a sus hermanos actuaciones sin darles la oportunidad mínima de ser oídos. Y por último, que sirva también de arrepentimiento a algunos sacerdotes que se dejan meter en cuestiones que están al margen de su oficio, pues son ellos quienes deben guiarnos, y no ser lobos entre el rebaño. Y quien tenga oídos que oiga.

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