Tiempo de espera

A lo largo de la procesión que todo nazareno realiza durante toda su vida, hay momentos en los que, aun estando rodeado de hermanos que caminan junto a él, el nazareno se siente solo, con la conciencia de que su mundo no abarca más allá de su hábito nazareno y de la luz que entra por los ojos de su cubrerrostro.

Momentos en los que todo sonido desaparece y las imágenes parecen distorsionarse como en una nube de irrealidad. Es en esos instantes en los que el nazareno siente la esencia de la existencia y empieza a conectar con el sentido de muchas cosas. Son esos momentos en los que el nazareno está con uno mismo.

La pena es que muchas de las cosas que nos rodean no nos permiten llegar a tener muchos de esos momentos de unicidad e individualidad. Son demasiadas las situaciones y las circunstancias que hacen que el nazareno esté más pendiente de su entorno que de su propia Estación de Penitencia.

Y hago esta reflexión al recordar alguno de esos momentos vividos, y sentir la paz total que te envuelve en ese instante. Y al sentir lo difícil que es ahora mismo atisbar cuándo llegará otra ocasión así.

Queriendo encontrar sentido a lo que los cofrades hacemos, creo esencial no perder nunca la visión de lo que los días que se acercan deben tener de significado para los cofrades. Parece como si ese Hombre al que acompañamos y seguimos en nuestro caminar hubiera aparecido así, sin más, de la noche a la mañana, siendo apresado y juzgado, siendo azotado, insultado, injuriado y calumniado; nos parece que de pronto apareció camino de su Calvario con una cruz a cuestas, en la que será crucificado. Y no nos detenemos a pensar en cómo llegó hasta ahí.

Queridos hermanos y amigos. Ese Hombre, del que conmemoramos todos los años su Pasión, Muerte y Resurrección, es la misma persona de la que en pocos días recordaremos su Nacimiento en una aldea de Judea.

Nos centramos tanto en la muerte, el sufrimiento, la redención de nuestros pecados a través del dolor de Jesucristo, que muchas veces nos olvidamos que ese Niño que nos han presentado siempre rubito y regordete, ese Niño es quien años más tarde estará representado en nuestros pasos de Semana Santa.

Al igual que en nuestras familias recordamos y celebramos los cumpleaños de nuestros seres queridos, incluso de los que ya no están con nosotros, creo importante recordar y celebrar el cumpleaños de nuestro Señor, como hombre que fue y que vino a este mundo de vientre de una Madre, como todos nosotros.

Aunque su Muerte y Resurrección fueron los actos más generosos y gloriosos para nosotros, los Hijos de Dios, no debemos centrar todo nuestro pensamiento en ese final, pues es su Nacimiento, el inicio de Todo, lo que se avecina en nada.

Así es que, dejemos a un lado el sufrimiento de nuestros Titulares. Centrémonos en festejar una Vida, la Vida del Hijo de Dios. Pues es Jesús quien nace… ese Jesús de los Reyes que entrará a lomos de una burra, ese Jesús que llorará y pedirá a su Padre en Getsemaní, ese mismo Jesús que con sus Penas será despojado para mostrar su piel morena, ese Jesús al que Herodes despreciará ante su Silencio, y ese Jesús que nos rescatará de la muerte eterna. Sí, ese mismo Jesús humilde para nacer en un portal y para ser Coronado de Espinas, el mismo Jesús que nos redimirá de nuestros fallos y negaciones, ese Jesús al que sentenciarán a muerte de la manera más injusta, y ese Jesús que derramará su Sangre preciosísima. Ese mismo Jesús que se encontrará con su Madre, la que estuvo con Él en su Nacimiento y en su Muerte, y ese Jesús que se encontrará también con las mujeres que enjugarán su rostro, ese mismo Jesús al que apresarán como si fuera un delincuente. El mismo Jesús que cargará nuestra cruz camino del Calvario hacia su Pasión, el Jesús que nos Perdona siempre, y el Jesús que nos espera Humilde y Paciente; el Jesús que se hace Nazareno como nosotros, y que nos dejó el don de la Fe al entregar su Cuerpo y su Sangre, el mismo Jesús que caerá como tantas veces haría de niño.

Estamos hablando de ese Señor al que amarrarán a una columna para flagelarlo, ese Señor que estará por encima de todos los Reyes de este mundo, y de ese Señor cuya Caridad no tiene fin. Es el mismo Señor que volverá a estar en brazos de su Madre, ya no alegre, sino angustiada.

Es del Cristo muerto por nuestras Penas, de ese Cristo que derramará su Amor desde la cruz, de ese mismo Jesucristo que hace el Camino de la Cruz por nosotros y del mismo Jesucristo que es consuelo de nuestras ánimas del que hablamos. El mismo Jesucristo al que veremos sangrar y morir como nunca antes lo habíamos visto, ese Cristo que agonizará en la cruz, y ese Cristo que se apiadará siempre de todos nosotros. El mismo Cristo que nos muestra su Misericordia cada día. Y el mismo Cristo que derramará su Gracia por siempre. El mismo Cristo que dará por buena su muerte al hacerlo por la Humanidad, y el mismo Cristo clemente ante esa misma Humanidad, y el mismo Cristo al que veremos expirar y ser descendido de la Cruz para ser trasladado a un Sepulcro ante la Soledad de su Madre.

Pero sobre todo, estamos hablando del mismo Hombre que vencerá a la Muerte y resucitará, volviendo a nacer a la Vida Eterna.

Celebremos la Vida, celebremos el aniversario de su Nacimiento. Son días de alegría y de dar y sentir amor.

Qué más da que no podamos reunirnos como siempre, que no podamos salir a cenar con amigos o compañeros. Salir a comprar regalos o ver alumbrados espectaculares.

¿No vemos que en estos días de celebración solemos dejar olvidado de estas fiestas al verdadero protagonista?