Cada año más temprano. Recuerdo aquella primera vez que igualé por vez primera en un paso. Momento especial. Ocurrió por estas fechas. Sí, me dirán que estamos locos. Afirmativo, un día como hoy a finales de un noviembre de hace ochos para calzarse las zapatillas costaleras y sentir el peso del travesaño donde se adhieren los más profundos sentimientos.
Recuerdo aquel metal frío colocándose en mi cerviz. Una vara de medir para comenzar un camino hacia la inmensidad del mundo del costal, antes de la primera llamada. Recuerdo el primer beso al palo y el primer salto, la mezcolanza de temor e ilusión y las ganas de hacerlo bien, las profundas ganas de alcanzar el reconocimiento y el éxito.
Y es que el éxito del día grande no supone directamente la consecución de un objetivo basado en la improvisación, si no que es fruto de un proceso dinámico de adquisición de la competencia necesaria para alcanzar la exquisitez estética bajo un armatoste de madera. Trabajo, trabajo y más trabajo. El costalero es al palo como el futbolista a su equipo, el fruto de una confluencia perfecta casi poética de lo que debe de ser el esfuerzo nacido desde el corazón y expirado por los labios y los ojos en forma de puro sentimiento.
Un simple traspié y todo el trabajo se habrá ido al garete. Es por ello que la magnitud de lo que los portadores tienen que soportar en la cerviz trasciende lo meramente material hasta alcanzar íntegramente el ser más espiritual que acompaña al sentimiento que derrama la piel bajo la madera.
El movimiento más simple se hace complejo sobre el adoquinado de nuestras calles y plazas. Nunca un movimiento fue más bello que el de un paso meciéndose. El dulce vaivén de las horas con el que los niños duermen y los hombres sueñan. Trabajo, costalero. Trabajo.





