Treinta piezas de plata

Para usted, ¿cuánto cuesta la vida de una persona? ¿Y sí me refiero a la de un familiar: padre, madre, hijos, nietos…? Contestará: la vida no tiene precio alguno.

Más aún, ¿no pagaría usted por recuperar a un ser querido? o ¿simplemente recobrará la salud?

Y, si le digo que la vida de Nuestro Señor Jesucristo tuvo precio. ¿Cómo se queda usted?

Para Judas Iscariote, la vida de Nuestro Señor Jesucristo vale: «Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata«. Evangelio Según San Mateo Cap.26, 14 y 15.

Desgraciadamente y desastrosamente, nos lamentamos: ¡los templos se encuentran vacías¡ ¡no hay vida consagrada y religiosa¡ ¡no existen vocaciones¡ ¡hay poca nómina de hermanos en la hermandad¡ ¡los hermanos no acuden a los cultos¡ ¡la Santa Iglesia se encuentra muy mal¡ parece que se está acabando la fe; los jóvenes no son religiosos; los templos, monasterios y conventos son vendidos y transformados en lugares de ocio como bares, hoteles o sitio de celebraciones; aparentemente el catolicismo no posee futuro alguno. Y así, un sinfín de lamentaciones. Usted, posiblemente pensaría en algunas más.

¿A qué es debido?

Sencillamente, empezando por mí y acabando por Roma, vendemos frecuentemente a Nuestro Señor Jesucristo, al igual que hizo Judas Iscariote.

¡Y luego nos lamentamos de las consecuencias! Una Iglesia que no es en absoluto convincente, coherente y acorde a sí misma en absolutamente convence, catequiza y transforma los corazones.

Ello pasa por mí y usted porque debemos de ser como dicen las Santas Sagradas Escrituras sal de la tierra: «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres«. Evangelio según San Mateo 5:13 Ante un mundo totalmente soso e insípido.

¿Cómo vendemos a Nuestro Señor Jesucristo?

Con nuestra moneda, la moneda de nuestra vida. Con la moneda de nuestras acciones, la malicia y bajeza que brota de nuestro corazón.

Los católicos somos una moneda por desgracia. Si observamos una moneda, existe una cara y una cruz.

La cara es: todo aquello que deseamos mostrar a los demás (nuestra mejor versión); lo que queremos que piensen sobre nosotros; lo que enseñamos moralmente por encima de los que llamamos pecadores; nuestra parte de santos o como se dice popularmente de «beatos»; nuestra defensa acérrima de la fe; nos vestimos de traje y ocupamos los primeros lugares en las Iglesias; tomamos posesión en las juntas de gobierno de las hermandades poniendo la mano sobre las Sagradas Escrituras; cuando procesamos públicamente el Credo de la Santa iglesia y prometemos defender los dogmas de fe; hacemos grandes obras de caridad; aparentemente somos personas ejemplares en este mundo; con mucha bondad, misericordia y humanidad aparente.

En contraposición, la cruz: nuestra discordancia de vida totalmente alejada de todo aquello que representamos; «mi vida privada» dónde no dejo que entre el Espíritu Santo; todo que no deseamos que se sepa sobre nosotros; como está de moda la palabra «postureo» de ser un magnífico católico o cofrade aparentemente; en definitiva, la justificación de diversas índole que encontramos para pecar, y no ser totalmente coherentes con nosotros mismos y ante los ojos de Dios, al que no se le escapa nada.

Yo y usted ¿aún nos lamentamos de cómo se encuentra actualmente la Iglesia de Dios, si somos unas monedas que vendemos a Nuestro Señor Jesucristo constantemente? ¿Vamos a continuar a entregarlo con un beso en sus Santas mejillas?

¡Dejemos de una vez por todas de ser monedas!

El día es hoy, no lo dejes para mañana, es un maravilloso día para volverse a Dios y ser católicos íntegros, y no de dos caras. Es Cuaresma tiempo de conversión.

Judas Iscariote, después de vender a Nuestro Señor, todos sabemos cómo terminó, ahorcándose en un árbol, por treinta míseras monedas de plata. ¿No es un buen final, verdad?

Dejemos de vender a Nuestro Señor con nuestra maldita moneda. Y seamos de una vez por todas, hombres y mujeres de una sola cara: íntegros, rectos y honestos acordes al tesoro de la fe y de nuestra moral ¡Luchemos incesantemente por ello!

Soy consciente que no es sencillo, pero es la única y exclusiva manera de cambiar Nuestra Santa Iglesia de Dios, y en consecuencia este mundo que se encuentra tan y tan perdido.

Y que no se nos olvide jamás: Nuestro Señor Jesucristo se dejó azotar, ser tratado como un delincuente, ser calumniado, abofeteado, desprestigiado, azotado, mofado públicamente, cagar con una cruz, clavar sus preciosas manos en el madero, derramar su preciosísima sangre y acabar muriendo, por mí y por usted.

Acuérdate de todo ello antes de pecar.