El aviso y la llegada del mes de septiembre supone un nuevo comienzo para el exhausto cofrade de a pie que, tras superar un mes cargado de ferias y de desconexión, retorna a sus quehaceres cotidianos y a las informaciones vertidas en las diversas páginas de los diarios semanasanteros.
Un nuevo comienzo que enfila un curso inédito dejando atrás la pandemia que ocultó las ilusiones, al menos por dos años. Lo hace con asignaturas pendientes y con el imperativo de recuperar el bagaje perdido durante la misma y que desescombró las carencias que aún posee la Semana de Pasión, tal como la necesidad de seguir expandiéndose ante la amenaza de las nuevas tendencias que se oponen al mantenimiento de las tradiciones y la inapelable exigencia de acabar con los retrasos y parones durante el transcurso de los cortejos procesionales.
Así pues, lejos de los límites que abarca la Semana Mayor, el día a día de las Hermandades se enfrenta al desafío de la globalización y la normalización de los eventos extraordinarios. Y es que el intermitente goteo de magnas y procesiones conmemorativas que estamos viviendo en estos últimos años continúa mermando el carácter «extraordinario» de las mismas ante una tesitura que podría acabar con la idiosincrasia para la que fueron creadas. Ante esto y el incipiente ascenso del frikismo que impera en el mundo de las bandas, ha provocado, a su vez, el acercamiento a la profesionalización del orbe como antes muchos ámbitos la llevaron a cabo. Una circunstancia que se ha notado en la creación de formaciones musicales con músicos asalariados y en el retorno de los costaleros remunerados ante la falta de personal debajo de los pasos.
Todo ello nos invita a la reflexión ante los diferentes frentes desgajados anteriormente y ante la necesidad de tratarlos con la mayor celeridad posible. Es por ello, que comenzamos un nuevo curso con trabajo por hacer, pero con la ilusión de afrontar este reto en medio de un mundo cada vez más hostil.





