Un Vía Crucis de fe, sobriedad y recogimiento

Hay un evento íntimo y singular, único e irrepetible, a pesar de que se reproduce con una precisión milimétrica cada Cuaresma, un instante en el que el cofrade del Huerto se reencuentra cada primavera consigo mismo y frente a frente con el mismísimo Dios. Un acontecimiento poderosamente espiritual en el que el cofrade, el creyente, encuentra el verdadero sentido a la Cruz de la verdadera caridad que sufrió el divino redentor, más allá de artificios y concesiones a la galería, en el que el ser humano renueva su compromiso de fe y sacia su ser con el maná del Espíritu Santo.

Un ejercicio de introspección para aprender a cargar con la cruz de nuestras miserias, con la promesa de la resurrección, un instante de autenticidad, de recogimiento y de oración que se vive con una intensidad inusitada en el interior de las naves de San Francisco. Cada año y el recuerdo se cuenta ya por décadas, los hermanos de la corporación del Domingo de Ramos tienen una cita con la recreación del camino hacia la cruz de Aquél que nos enseñó a hablar con Dios en Getsemaní. 

Un encuentro de catorce estaciones, cargado de sobriedad y recogimiento en el que cada cual formula al Padre sus peticiones más íntimas, aquellos ruegos que laten en lo más hondo del corazón, por los cristianos perseguidos, por aquellos que rodean nuestra existencia, por quien sufre enfermedad o desapego o por el desarrollo mismo de la hermandad, con las cosas mundanas y por quienes más precisan de una oración desinteresada.

En la penumbra del templo, volvieron a alcanzarse altas cotas de espiritualidad en un Vía Crucis diferente, impregnado de devoción, piedad y fe y a cuyo término Nuestro Padre Jesús de la Oración en el Huerto quedó entronizado en su altar itinerante apenas a unos días de que su oración infinita inunde las calles de la ciudad de San Rafael…