Hay que reconocerlo: la expulsión de la Banda de la Salud de la Hermandad de la Paz y Esperanza, tras ocho largos, intensos y fructíferos años acompañando al Señor de la Humildad y Paciencia —con ocho marchas ofrendadas a la cofradía—, solo puede catalogarse como una jugada absolutamente maestra. Ha sido echarla y, de inmediato, todo se ha calmado; la hermandad ha dejado de estar en boca de todos, se han disipado las tensiones y ha llegado esa ansiada estabilidad que tanto inquietaba a determinados miembros de la corporación capuchina. Una hermandad que, en los últimos años —en éste y en mandatos precedentes—, está cada vez más influida por personas que desconocen completamente lo que es. Perfiles incapaces de soportar la bulla, incómodos con la presencia del gran público, incluso en enclaves donde el gentío es tan natural como los Jardines de la Merced. Aún resuena en la memoria —hace ya unos años— la imagen de algún personajillo infame amenazando a hermanos con llamar a la policía para despejar el entorno, quizá para lucirse sin obstáculos delante de los pasos. Tal vez parte de lo que nos pasa sea consecuencia de que para saber hacia dónde vamos hay que conocer de dónde venimos. Ser consciente de nuestra propia historia para impedir que se vuelva a repetir. Y esta, —la ignorancia de nuestro propio pasado— es una grave dolencia que la Paz lleva sufriendo en los últimos veinte años.
La expulsión lo resolvía todo: apagaba el foco mediático, cerraba la herida y devolvía la calma. Nada más lejos de la realidad. La supuesta jugada maestra no ha servido absolutamente para nada. Ha sido una decisión estéril, contraproducente, que no ha hecho sino multiplicar la atención sobre un asunto que muchos desconocían y que ahora conoce todo el mundo —ni se imaginan cuántos me preguntaron lo que había pasado a raíz del comunicado que confirmaba la desvinculación—. Una ruptura amparada en un audio presuntamente muy grave pero que no proponía otra cosa que hacer lo mismo que llevan haciendo décadas muchos costaleros —hacerse hermanos para votar—, y el convencimiento de que existen movimientos para articular una candidatura alternativa con la vista puesta en unas elecciones, así como la existencia de contactos —propiciados por elementos externos a la Junta— con otras formaciones musicales para prescindir de la Salud. Todo ello trufado de un repugnante acoso y derribo ejecutado por un grupo reducido pero extraordinariamente ruidoso de peones, con nombres y apellidos, algunos incluso con trabajos de cara al público, aunque todavía no hayan sido señalados públicamente. Todo ello conforma un escenario que imposibilita cualquier intento de vender esta decisión como un éxito o como un acto de pacificación, más allá del buenismo de algunos actores. Al contrario: lo que se ha conseguido, aunque la ingenua intención de algunos fuese otra, ha sido echar más gasolina al incendio.
Lo que ha venido después es, sencillamente, indecente. La expulsión ha sido aprovechada por un buen número de canallas para humillar a una banda compuesta por personas —muchos de ellos miembros de la propia hermandad y que como tales debían haber sido defendidas— que tienen familia y sentimientos, aunque no una cosa ni la otra le haya importado a casi nadie. Se ha desatado un reguero infame de burlas, vejaciones y hostigamiento constante, con episodios tan nauseabundos como un montaje en el que el banderín de la banda aparece en un cubo de basura. Una imagen que retrata, mejor que cualquier discurso, el nivel moral de quienes han protagonizado esta campaña. Y lo más grave es que la decisión adoptada no solo no ha frenado ese comportamiento, sino que lo ha amplificado, convirtiendo a la banda en un objetivo aún más expuesto. Se ha causado un daño profundo, injusto y absolutamente inmerecido a personas que no tienen culpa de nada, más allá de ser utilizadas como pieza en un tablero que nada tiene que ver con la música ni con la devoción.
Porque esto nunca fue por la banda. Esto va de otra cosa. Va de poder, de elecciones, de intereses personales disfrazados de supuesta preocupación institucional. La banda no ha sido más que un “daño colateral” en una estrategia cuyo objetivo real era erosionar a la Junta de Gobierno y, de manera particular, al hermano mayor. Y lo que hemos visto no será lo último. Vendrán otros objetivos: el vestidor, el capataz —del palio, por supuesto—, el prioste o cualquier pieza que pueda ser utilizada en esa lógica de desgaste permanente. Todo vale cuando lo único que importa es medrar, arrimarse al poder, conseguir un carguillo o simplemente mantenerse cerca del foco y de quien proporciona copas en el Soho que algunos pretenden reconquistar, aunque sea a costa de dinamitar la propia hermandad. Porque a estas alturas resulta difícil sostener otra cosa: ni la hermandad ni quienes deberían estar por encima de todo —los Titulares—les importan un carajo, por mucho que se golpeen el pecho intentando aparentar lo opuesto.
Lo que debía haberse hecho era exactamente lo contrario de lo que se ha hecho. Firmeza, autoridad y medidas inmediatas contra quienes han protagonizado este acoso miserable y cobarde. A la puñetera calle ellos y quienes lo han permitido, por acción o por omisión, por mirar hacia otro lado como cobardes o, peor aún, por participar en el linchamiento en voz baja porque no tienen cojones para dar la cara. Antes de expulsar a una banda —insisto, formada por hermanos— por un audio y por presuntas respuestas en redes sociales desde cuentas anónimas cuya autoría nadie puede acreditar. Porque esa es otra: ¿quién asegura que esos perfiles pertenecen a miembros de la banda? Podrían ser de cualquier otro colectivo, de terceros ajenos o incluso de quienes buscan precisamente provocar esta situación. Pero da igual: la decisión ya está tomada y el daño, hecho.
Y mientras tanto, la hermandad sigue en boca de todos, protagonizando un escándalo que abochorna a cualquiera con un mínimo de decencia, menos a quienes se benefician de lo ocurrido, que llevan días, entre carcajada y carcajada, brindando con cava como lo que son: una auténtica piara de sinvergüenzas. ¿Qué había que haber hecho? Resistir la presión, no ceder ante comportamientos propios de mafiosos, asumir que quien forma parte de una Junta de Gobierno en esta hermandad sabe perfectamente que la presión va en el cargo —y si no puede soportarla, ya sabe dónde está la puerta—. Primero, porque ceder no ha servido para nada; segundo, porque lejos de apagar el ruido, lo ha amplificado; y tercero, porque muchos de los que han presionado ni siquiera van a votar a quienes han tomado esta decisión. Admirable ingenuidad la de quien crea lo contrario. Para que lo entiendan hasta los niños de cinco años: no cuentes con quien va a votar a tu rival, por Dios Santo…
Y, por supuesto, actuar donde corresponde: denunciar ante la autoridad competente cualquier mensaje que suponga una burla o un ataque a la hermandad, a los Titulares o incluso a la propia banda. Cortar de raíz la reiteración de estos comportamientos e intentar identificar a los instigadores reales. Esa hubiera sido una respuesta ejemplar. Pero no: se ha optado por la vía más fácil, la más injusta y la más humillante y dañina. Expulsar a la banda con deshonor. Un deshonor que no le pertenece, que es injusto, indefendible e impresentable. Alguien me comentaba el otro día que «a ver si no se ha denunciado por temor a descubrir quiénes estaban realmente detrás de determinados montajes o mensajes». Espero que no haya nada de cierto en esta teoría y se trate de una mera especulación, porque de serlo, sería mucho más grave. Si alguien ha cometido una barbaridad, que lo pague; claro que si no pagaron en el pasado, cómo van a tener miedo ahora. Y por cierto, si un audio ha servido como detonante para romper un contrato, otro audio que circula por ahí debería ser más que suficiente para impedir otro, ¿o es que estas cosas solo se aplican cuando interesa?
La realidad es tozuda: la expulsión de la banda ha sido un tiro en el pie, una forma de poner la hermandad en bandeja al enemigo. Un error de dimensiones mayúsculas que, a día de hoy, resulta difícil de revertir si se sigue escuchando a quien no se debe y se ignora a quien sí tiene algo que aportar. O se reacciona ya, o mañana será tarde. Porque lo que viene, visto el nivel de degradación alcanzado —incluida la asquerosa campaña contra la banda—, puede ser devastador. Lo que hemos visto hasta ahora no es más que una puta broma comparado con lo que puede desencadenarse si no hay un cambio radical en la forma de actuar.
Y conviene recordarlo con una referencia que no es gratuita. Aquella frase atribuida a Winston Churchill sobre el Pacto de Múnich de 1938: “Se les dio a elegir entre la guerra y la deshonra. Eligieron la deshonra, y tendrán la guerra”. Todos sabemos cómo acabó aquello. Ceder ante los agresores no evita el conflicto: lo aplaza y lo agrava. Y ese es, exactamente, el camino que se está tomando. Si no hay una reacción inmediata, si no se empieza a escuchar a quienes de verdad tienen algo que decir y a aprender de quienes tienen algo que enseñar, el desenlace será inevitable. Hasta entonces, la pregunta queda en el aire: ¿cuántos “daños colaterales” más estamos dispuestos a tolerar para evitar una guerra que, en realidad, ya está en marcha?





