Una Semana Santa pasada por… colas y veneraciones

Hemos alcanzado el ecuador de la Semana de Pasión y tras tres jornadas vividas he llegado a la conclusión de que el invento de las «veneraciones» se nos ha quedado corto. Viendo como se está desarrollando el tema y como van sucediéndose situaciones poco convenientes en ésta situación, creo que ha llegado la hora de poner las cartas sobre la mesa.

Y es que el nivel de seguridad que mantienen las Hermandades en sus templos es digno de elogio y contrasta en exceso con el que el resto de la sociedad ha llevado a cabo éstos días. Mientras que las Cofradías se afanan por organizar a los fieles en interminables colas que evocan el desaliento de quienes se mantienen incrustados en ellas con el humilde objetivo de capturar un momento inédito en la reciente historia de la Semana Santa, otros se muestran inmóviles contra las masificaciones en otros puntos de las ciudades otorgando la razón a quiénes defendían la idea de una Semana Santa en andas y la tildaban de descabellada.

El único instrumento que poseen las Hermandades para garantizar la seguridad son éstas colas totalmente incompatibles con una persona mayor que no tiene la posibilidad de aguantar la extensa espera y que, por ende, no puede venerar a sus Sagrados Titulares. Por ello y por la situación que viven las calles de nuestras ciudades cada jornada de la Semana de Pasión creo que hubiera sido posible convocar actos de piedad popular como Vía Crucis o Rosarios por la feligresía en un continuo movimiento y con mascarilla en contraposición con lo vivido en los bares. Quizás los más jóvenes nos acostumbremos a las esperas infernales pero no me gustaría estar en la piel de una persona mayor la cual ha disfrutado de su Hermandad desde tiempos inmemoriales, algo que hoy en día se antoja algo más complejo.

Pero ya saben, «a toro pasado», continúen ustedes el refrán.