Opinión, Verde Esperanza

Verde Esperanza | Qué fácil es rescindir un contrato…

El ámbito de la música cofrade está alcanzando unas cotas en cuanto a calidad musical nunca antes conocidas anteriormente. Es posible encontrar formaciones musicales de primer nivel en cualquier punto de nuestra geografía, si bien esta mejora cualitativa en lo sonoro está trayendo otro tipo de problemas al orbe cofrade, tan huérfano de formación, especialmente entre los más jóvenes, que erigen auténticos becerros de oro en las bandas. Unas bandas que tampoco desaprovechan la ocasión de ganar en prestigio, visibilidad o repercusión mediática. Olvidar que lo importante va sobre los pasos, y no detrás o bajo ellos, trae consigo problemas como los que tratarán de apuntarse en este artículo.

Dice el periodista Víctor García Rayo que estamos perdiendo el sentido de la medida en cuanto a esta cuestión, y no puedo estar más de acuerdo. Y lo dice alguien que admira la música cofrade y que lleva años tratando de cubrir de la mejor manera posible la información sobre bandas desde este portal, con el mayor respeto y cariño hacia la gran labor que hacen por las hermandades y por la sociedad. Veo con incredulidad cómo el mayor anhelo de muchos jóvenes cofrades es escuchar tal o cual marcha interpretada por la banda de sus anhelos, y ya si eso, como complemento, que vaya acompañando a un paso. O a gente que va a procesiones extraordinarias y/o magnas única y exclusivamente para escuchar a la banda de la que son «fans», a los que graban a los músicos soplando sus instrumentos, dándole la espalda a la imagen sagrada. Todo ello es respetable, pero creo que los árboles no nos dejan ver el bosque. La Semana Santa no es una fiesta más, no puede encaminarse a ser una cabalgata pasionista. Hay sitio para todo el mundo en una procesión, pero teniendo bien claro qué es lo importante y qué es lo secundario.

En un mundo, el de las cofradías, al que se le presuponen unos ciertos códigos éticos y morales, lo cierto es que el valor de la palabra se está degradando hacia lo paupérrimo. La proliferación de rupturas unilaterales de contrato, mayormente por parte de bandas, aunque también hay algún caso protagonizado por hermandades, está convirtiendo un hecho reprochable en una práctica, por desgracia, cada vez más habitual.

Vaya por delante que no está en el ánimo de este artículo señalar a ninguna formación musical en concreto, ni tampoco caer en la injusticia de generalizar con todas ellas, sino alertar sobre un hecho que, en opinión de quien les escribe, es reprochable y aberrante. Pocos casos, aunque eso sí, cada vez más habituales. Como siempre digo en este tipo de temas, que se salga quien quiera de la ecuación. Por fortuna, tengo muchos conocidos en formaciones musicales, personas que demuestran una categoría fuera de toda duda, que están igual de indignados y preocupados ante esta creciente tendencia. Ellos, que son mayoría, son los primeros interesados en que estas situaciones no proliferen, y salvaguardar así la confianza que las cofradías depositan en sus respectivas formaciones. No lo duden.

No todo vale. El fin no justifica los medios en cualquier ámbito de la vida, pero especialmente, no lo hace en el de las cofradías, al que también pertenecen las bandas, de manera directa o indirecta. Cuando dos personas, que a su vez representan a instituciones -hermandades y formaciones musicales- comprendidas por muchas personas, llegan a un acuerdo, la palabra debería ser sagrada e irrompible. El problema es, precisamente, el tipo de personas que cada vez es más fácil encontrar al mando de bandas, y también, por qué no decirlo, de hermandades.

No puede ni debe ser tan fácil la ruptura unilateral de un contrato. En cualquier ámbito de la vida, la validez de un contrato es plena incluso si no trasciende de lo verbal, aunque en este caso resulte más difícil probar su valía, y por supuesto lo es si hay un contrato firmado de por medio. Romper un contrato ha de implicar abonar una cantidad compensatoria por la parte que lo quiere rescindir, y no irse de rositas.

En numerosas ocasiones he puesto de relieve lo fácil que es para una formación musical incumplir lo que se establece en el contrato, y lo desamparada que suelen estar las cofradías ante este hecho. Bandas que se presentan con varias decenas de componentes menos respecto a lo acordado -no hablamos de que cinco o diez músicos enfermen, cosa que entra dentro de lo lógico-, que abusan del tambor traspasando la frontera de lo razonable, que se presentan tarde al lugar de la actuación o que ponen mil y una trabas a la cofradía, pero que, eso sí, después quieren cobrar el 100% de lo pactado. Los contratos no suelen reflejar penalizaciones para la banda en caso de incumplir estos aspectos. Sin embargo, por poner un claro ejemplo, en el contrato sí está reflejada la cantidad a abonar si la hermandad tiene retrasos horarios, algo muy razonable, pero no deja de serlo que la cofradía también debería poder salvaguardar sus derechos como parte contratante. Hay quien dirá, con razón, que muchas bandas perdonan estos retrasos, pero repito, este artículo no habla de formaciones que tienen este tipo de gestos elogiables, ni tampoco pretende salvar a las cofradías que, por sistema, alargan sus recogidas aprovechándose de la bondad de la banda en cuestión.

Ahondando en la cuestión, no puedo dejar de acordarme de la época pandémica, cuando las bandas exigían, algunas de ellas con formas más que cuestionables, que las cofradías las ayudaran económicamente. ¿Qué pasaría si les dijera que hay hermandades que, dentro de sus posibilidades, sí colaboraron con la banda que tenían contratada durante la pandemia, y que finalmente se encontraron con una rescisión unilateral por parte de la banda del contrato sin haber llegado a acompañarlas? Pues sepan que ha sucedido. Que hayan ocurrido casos como este viene a justificar, en parte, a todas las hermandades que decidieron no colaborar. Como dije en anteriores ocasiones, lo ideal es que la hermandad ayudara en la medida de lo posible a la banda que estaba contratada para la supervivencia de la misma, pero no era ninguna obligación contractual, al ser la suspensión de las procesiones una causa de fuerza mayor que impedía el cumplimiento de lo firmado. Si la multiplicación de las rescisiones es una suerte de burda venganza, no se debería olvidar que las hermandades son la gallina de los huevos de oro para las bandas. Y que maltratarlas supone un gran riesgo. Recuerden: hay Semana Santa sin bandas, pero no hay bandas sin Semana Santa. Aunque a alguno le escueza.

Volviendo al presente, más allá de estos incumplimientos que, ahora se aceptan como «normales», parece que la tendencia es que, ante un contrato, puede existir una gran intranquilidad en cuestión a si va a ser respetado, o por el contrario va a salir una opción más interesante, y se va a dejar tirada a la otra parte, rompiendo lo firmado con la facilidad con la que se deshace un azucarillo. Si los contratos no cumplen la función de tener un respaldo que garantice que lo acordado se va a cumplir, ¿de qué sirven? ¿Se imaginan que esto de rescindir se convierte en el pan de cada día? Sería como en la selva, primando la ley del más fuerte, en este caso, en el sentido mediático y/o económico. Y cualquier fecha sería aceptada como válida para dar finalización a un contrato. Quizá, hasta semanas antes de la salida procesional.

Si las hermandades no ponen pies en pared, se convertirá en una práctica aún más habitual que permitirá a quienes cometen estas canalladas seguir haciéndolo con total impunidad. Y digo hermandades por dos razones. En primer lugar, porque mayoritariamente las que están realizando rescisiones contractuales improcedentes son las bandas y, además, porque en realidad éstas son la parte contratante, que debería tener la sartén por el mango. Sea como sea, ¿se imaginan el revuelo por parte de los hooligans bandísticos si lo habitual fuera que las hermandades rescindieran a las bandas para contratar a una mejor y/o más barata? Hagan el ejercicio de empatía. La resistencia de las cofradías a acudir a los tribunales por el miedo al qué dirán, o bien a las reticencias eclesiásticas que pudieran meterse de por medio, ha de ir desapareciendo para, como decía, sentar al menos precedentes que hagan a cualquier banda, o en su defecto una cofradía si incumple lo firmado, que también las hay, pensárselo dos veces antes de intentar tan cuestionables rupturas. Quizá haga falta un caso sonado que llegue a los tribunales y se conozca su resolución para dar el necesario frenazo a este tema.

Por supuesto, no puedo dejar de señalar a las hermandades que, aún sabiendo que una banda en cuestión tiene contrato con otra cofradía a la que se presupone, por naturaleza, hermana, tientan, insisten y hasta aplauden a una formación musical para que rompa el compromiso con ella. Al final, todo se reduce a algo muy sencillo, si por norma las hermandades ni aceptaran ni buscaran que una banda rescindiera unilateralmente un contrato firmado con otra cofradía, no sería posible de ninguna manera que esto sucediera. Son las cofradías las que deben poner en su sitio a las formaciones musicales, que no dejan de ser, como me decía hace unos días una persona relacionada con el ámbito bandístico a la que respeto mucho, meros acompañamientos, sin que ello reste ni un ápice de importancia a su gran labor social y ornamental de las salidas procesionales. Especialmente hablo de las hermandades de capitales o sitios de cierta relevancia mediática, que no dudan ni un segundo en pisar a cofradías de otras poblaciones sus acompañamientos musicales de una forma avasallante y totalmente mezquina. Todo vale por llevar a la banda de la que ciertas cofradías se encaprichan, aprovechándose de su atracción mediática, que atrae a ciertos responsables de bandas hasta el punto de hacerles pagar cualquier precio por tal de tocar en un lugar de postín. En ocasiones, parece que son las hermandades las que están subordinadas a las bandas, cuando es totalmente al contrario, por definición.

Y para concluir, niego la mayor con respecto a que se puedan establecer silogismos entre las hermandades y el fútbol. Ni Primera división, ni Regional, ni Preferente, ni Champions League. Ni las bandas son futbolistas, ni las cofradías son clubes de fútbol. Todas, gusten más o gusten menos, gocen de mayor amparo y repercusión mediática, o lleven más o menos dorado, tienen como único y exclusivo fin evangelizar o ayudar a evangelizar por nuestras calles, tanto de las grandes capitales, como de sus pueblos más recónditos. A los cofrades se les deben exigir unos valores que no pueden justificar cualquier medio para llegar a un fin, por muchas interacciones en redes sociales o satisfacciones caprichosas personales pueda realizarse. Que a nadie, ni a unos ni a otros, se les olvide que lo que va sobre los pasos son imágenes sagradas, que merecen un respeto por parte de todo el mundo. Los compromisos, la palabra y, por encima de todo, los contratos están para cumplirlos, salvo causas de fuerza mayor, como una pandemia. Punto.