Amanece en Capuchinos. Es Viernes de Dolores, día cordobés donde los haya; pues la Señora de San Jacinto, la perla más nacarada hecha por Juan Prieto, luce en su altar con ese fulgor cortesano que sus fieles cordobeses le han otorgado con el paso de los años. La ciudad se engalana, la fila de los fieles ya bordea la calle Torres Cabrera y el aire cofradiero toma las esquinas concurridas por un pueblo ansioso de Semana Santa.
Junto con san Rafael arcángel, Nuestra Señora de los Dolores conforma aquel vetusto escapulario cordobés que todo buen hijo de esta tierra luce en su pecho. No es Señora de Córdoba por cualquier motivo. Aunque algunas veces tachen de serios a los habitantes de esta maravillosa ciudad que el Guadalquivir riega, lo cierto y verdad es que su ánimo se entrelaza con las advocaciones que acoge en su seno. La Córdoba cristiana, cofrade en sentido hondo e interno, reza a Dios con una pasión acorde con sus calles estrechas y silenciosas, buscando la soledad del recoveco olvidado y acompañado por el constante goteo de una Piedra Escrita. Cuando ha de celebrar, celebra sin miedo alguno, rompiendo los adoquines a paso de Paz y Esperanza o de Resucitado entre sus Aguas Santas. Pero también camina con pensamiento taciturno y doloroso, rogando clemencia ante un Cristo de los Faroles que espera ansioso de amor o alzando la vista a su Custodio divino para que el mal no se afinque dentro de sus puertas.
Hoy es Viernes de Dolores, que es lo mismo que decir viernes cordobés. Es un día de tiernos recuerdos, recuperados desde la profundidad de un corazón que late ya entre pestiños y torrijas, que palpita al encontrar tras la neblina del tiempo los ojos de aquellos abuelos que se fueron y que, con mano generosa, lo llevaron de la mano hasta la Virgen de los Dolores. Es, pues, un viernes de tradición y de buena ventura, ya que con él se abre por fin la puerta de la gloria y podemos vislumbrar a través de ella nuestra Semana Pasión. Por fin tañerán los campanarios a golpe de vida y muerte, se cubrirá San Fernando de azahar, incienso y cera, el viento de la ribera rozará los capirotes de los hermanos nazarenos en su penitencia y la Catedral recibirá en su interior el ramo de flores devocionales que todas sus hermandades representan.
Queridos hermanos, la hora se acerca. Hoy es el día en que todo se precipita. Nada será igual al llegar la Pascua Florida. Atesoraremos una vez más otra Semana Santa llena de vivencias junto con los nuestros, algo impagable e inigualable. Solo cabe disfrutar de ella y sentirla como si fuera la primera y la última. Lo demás no cuenta.





