Probablemente la nomenclatura elegida para denominar un evento sin precedentes en el mundo musical cofrade fuera una cortina de humo para ocultar su verdadero propósito. «La Champions de las Bandas» o mejor dicho, «Magna» inició el camino hacia lo que algunos llamaron «el comienzo de la industria musical» en este orbe protagonizado, eso sí, por las formaciones élites de nuestra tierra elegidas, claro está, a dedo al más puro estilo de la super liga de fútbol y con un portentoso elenco, según los eruditos, y con el permiso de otras formaciones como Pasión de Linares, Paso y Esperanza de Málaga, Lágrimas de San Fernando, Redención de Sevilla y un largo etcétera, que no deberían de tener el rango adecuado para participar en tal extraordinario acontecimiento.
«Magna» -porque llamarlo Champions iba a sonar un poco alarmante- definió el carácter competitivo y la necesidad imperiosa de protagonismo del mundo bandístico a través de un evento similar a un festival estival de música o un concierto de Queen, con meche… perdón móviles incluidos. Y como festival de música casi consolidado, habría de esperar que la entrada aniquilara los bolsillos de los asistentes con un «buen precio» a la altura de las circunstancias. Luces leds de 750 lux, a modo de estadio, y pantallas gigantes de fondo marcador ampararon un escenario ataviado para la ocasión de tales poderosas formaciones en compañía de artistas invitados, teloneros o bandas locales, como lo quieran ustedes llamar, que vistieron el traje de gala ante la oportunidad de codearse con los grandes, eso sí, con un ligero recorte de repertorio, no sea que se vengan arriba demasiado pronto.
4.000 espectadores, silbato del árbitro y a jugar, perdón, a tocar. Dribblings, slaloms, Eternidad, La Esperanza de María, El Hijo de Dios y vuelta a empezar para escuchar grandes composiciones estrujadas hasta la saciedad. Nada nuevo bajo el sol. Bueno sí. Siempre quedará el regustillo de haber degustado la famosa y archiconocida Uptown Funk de Ronson y Mars con linterna incluida -solo faltaría la pulsera de colorines de Cold Play– para poner boca abajo Los Califa’s Stadium.
Half time y bandas locales a vestuarios rapidito -no vaya a ser que se nos vayan los asistentes-. Campeones al campo y a sacar el aplauso rápido con bicicletas, caños y solos eternos. Marchas y marchas y siempre las mismas marchas, hasta que aparece el golden boy «el shiquetito de oro», un soplo de aire fresco para el equipo de la mano de la formación venida de Jerez, la Sentencia. Menos mal, algo nuevo había que sacar. «Soberano en su Poder», una delicia (no cabe otro calificativo).
¡Ahora sí!. Victoria por goleada. Se cae el estadio, perdón la plaza. Trofeo y que comience la gira de la mano del Grupo Mundo, afamado Florentino Pérez de las bandas.
Pd: Espero que cuando llegue a mi tierra me dejen pasar bengalas.





