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El Cirineo, Opinión

8 de Septiembre

Cuentan las crónicas y la memoria colectiva de los que estuvieron y de los que escucharon a los que estuvieron, que fue una ceremonia sencilla, como debe ser en estos casos. Imagino que en la iglesia de San Andrés se congregarían unos pocos fieles para recibirla entre sus brazos aquél lejano ocho de septiembre con aroma reminiscente a pólvora quemada, odio enquistado y heridas abiertas. Sirva de ejemplo la portada de ABC de aquél mismo día… así respiraban las entrañas de la desgarradora realidad.

Sólo dos días antes, el hombre que quiso regalarnos esa bendita mirada de pestañas marcadas, que impregna a la humanidad entera de esperanza, sobreponiéndose a las lágrimas que salpican sus mejillas, la entregó a quienes deseaban materializar la paz que el pueblo precisaba. Juan («Juanito» para muchos de los que compartieron vivencias con su genio) fue tallando a golpe de gubia a la que un día sería la Paloma de Capuchinos, «entre permiso y permiso que el frente le concedía«. Una mujer eternamente joven, con el ceño ligeramente fruncido a causa del dolor derivado de la realidad que impregnaba las esquinas de nuestra desolación y al mismo tiempo, con la boca entreabierta, anhelante de un nuevo universo de reconciliación. Por eso quiso llamarla Esperanza.

Desconozco si fue un día soleado o excesivamente caluroso, a tenor de la fecha debió serlo, pero en realidad, aunque me gustaría visualizarlo, imaginarlo, carece de importancia. Lo fundamental es que aquellos hombres y mujeres iniciaron sin saberlo una historia maravillosa, que se perpetúa a lo largo de las décadas al compás del latido del sentimiento más sincero y profundo.

Una relación materno filial entre la Madre de Dios y los que buscaban desesperadamente un ancla con el que aferrar su deseo de iniciar una vida nueva construida sobre las cenizas de la muerte sufrida y el terror que se avecinaba en las cercanías de nuestras fronteras inmediatas. Y mientras Europa sucumbía a la devastación más absoluta que la memoria del ser humano recuerda, Ella fue repartiendo poco a poco ramitas de olivo por los rincones de nuestra idiosincrasia como símbolo del diluvio que acababa de remitir. Por eso la madre de Juan le convenció para que su nombre también fuese Paz.

Hoy es un día especial, qué duda cabe, pero no tanto porque se cumplan ochenta años del día en que la Reina de Capuchinos fue bendecida, sino porque aquel ocho de septiembre, nuestros antecesores sembraron la simiente de la que brotó el maná que alimentó y alimenta a generaciones enteras. Ella quiso que las familias se reencontrasen y los hermanos volvieran a abrazarse, expulsando el rencor y el odio del paraíso de nuestros sueños. Ahora es nuestro turno, el momento de que hagamos ver a la más hermosa de las perlas del Cielo, que hemos entendido su mensaje, predicando con el ejemplo a cada instante de nuestra humilde existencia, para convertirnos con nuestras obras, en verdaderos instrumentos de Paz… y Esperanza.

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