En anteriores publicaciones ya habíamos comenzado a compartir con nuestros lectores la curiosa y extensa historia que la Virgen de la Luz, cuya cotitularidad en el seno de la Hermandad del Resucitado fue aprobada por el obispado hace apenas unos días. Una historia que comenzaba como fruto del auge de las hermandades rosarianas durante el siglo XVIII y que culminaba con el encargo de la hermosa imagen al célebre Fray Juan de la Concepción.
Así, tras su llegada a la Parroquia de Santa Marina, la cofradía comenzó a vivir un período de gran esplendor que se intensificó aún más durante el segundo tercio del mencionado siglo, lo cual se vio reflejado en la riqueza patrimonial de la corporación, que ya contaba para entonces con una gran cantidad de joyas, insignias y vestidos tanto para la Santísima Virgen como para el Niño. Por ese motivo, en el mes de noviembre de 1750, el entonces Hermano Mayor tomó la determinación de solicitar al provisor un permiso para cerrar el arco del altar de San Pelagio y emplear el espacio conseguido para guardar las valiosas piezas patrimoniales:
Suplico a Vm. Que informado del echo verídico que dexo expresado mande se le confiera a dicha Hermandad este sitio del arco para en él formar una taca en la que se encierren las alaxas y hornamentos de esta Santa Ymagen para que de este modo estén con mexor custodia sin exponerse a que por andar en poder de los Hermanos maiores les acontezca algún robo o al menos que no se tenga con el cuidado y aseo que corresponde, obligándose esta Hermandad a colocar a su costa el lienzo de dicho San Pelaxio con la maior decenzia por cima de la misma taca.
Sin embargo, las últimas décadas del siglo se traducirían en un período de crisis y decadencia para la Cofradía de Nuestra Señora de la Luz cuya principal prueba es la eliminación de los rosarios callejeros que habitualmente se habían llevado a término en la noche o madrugada de los domingos y días festivos. Por fortuna y tras la crítica situación que la hermandad vivió especialmente en el primer tercio del siglo XIX y con las desamortizaciones, la corporación resurgiría fortalecida gracias al apoyo incondicional de los fieles que siguieron venerando a la Virgen de la Luz.
Desde ese momento, la obra de Fray Juan de la Concepción se convertiría en el centro de las miradas tanto de los miembros de su corporación como de los vecinos del barrio gracias en gran medida a las procesiones de la Candelaria de la que era parte indispensable y también por su incorporación a la comitiva procesional de la Hermandad del Resucitado, con la que recorría las calles aledañas del Santa Marina en el domingo de pascua de Resurrección. De su inestimable compañía no dudo en hacerse eco el Diario de Córdoba en una de sus ediciones del año 1902:
Se efectuará con las imágenes de Nuestra Señora de la Luz y la de Cristo Resucitado, a las once y media de la mañana del Domingo de Pascua, partiendo de la iglesia de Santa Marina a la plaza del mismo nombre y recorriendo las calles de Santa Isabel, Rejas de don Gome, Beatilla, San Agustín, Dormitorio, Moriscos y Mayor de Santa Marina, haciendo estación en la ermita de los Santos Mártires y regresando por dicha calle a la iglesia parroquial.
Siguiendo la dinámica tradicional, la celebración de la misa en la mañana del Domingo de Resurrección marcaría la jornada que habría de presidir el Señor Resucitado durante la estación de penitencia, ya de la mano de Nuestra Señora de la Luz. Era costumbre que los batidores a caballo de la guardia local abriesen el cortejo procesional, el cual se nutría asimismo de una ingente cantidad de fieles con cirios amén de una representación de la corporación municipal y del clero perteneciente a la parroquia asentada en la característica Plaza del Conde de Priego. A todos esos integrantes había que sumar, además, el acompañamiento musical de la banda municipal que quedaba completo con el sonido de las campanas y los cohetes que daban por concluida el emotivo día, tal y como relataba una vez más el Diario de Córdoba en la crónica pertinente correspondiente a 1905:
Ayer, terminada la fiesta que anualmente se celebra en la iglesia parroquial de Santa Marina, fueron sacadas procesionalmente las imágenes de Nuestra Señora de la Luz y de Jesús en el acto de la Resurrección. Formaban la comitiva los batidores a caballo de la guardia municipal, numerosos fieles con cirios, el clero de dicha parroquia, una comisión del Ayuntamiento y la banda de música del Municipio. La procesión recorrió las calles que anteriormente indicamos, en todas las cuales había numeroso público. Muchos balcones ostentaban vistosas colgaduras. La comitiva regresó al templo cerca de la una de la tarde, entre los acordes de la música, el repique de las campanas y el estallido de los cohetes.
Este tipo de relatos se seguirían sucediendo durante largo tiempo en la prensa de la ciudad, plasmando con detalle los elementos que singularizaban la procesión de la Hermandad del Resucitado, debiendo destacar entre ellas la del Diario de Córdoba que en su publicación de 1923 hacía referencia al llamativo e interesante estreno del manto que había sido previamente donado por la Condesa de Talhara:
Terminada la fiesta que se celebra anualmente en la Iglesia Parroquial de Santa Marina fueron sacadas en procesión las imágenes que representan la Resurrección del Señor y Nuestra Señora de la Luz. Ésta lucía un nuevo y hermoso manto que le había regalado la condesa de Talhara. Formaban la comitiva los batidores a caballo de la Guardia municipal, numerosos fieles de uno y otro sexo con velas y la banda de música del municipio. La procesión recorrió las principales calles del típico barrio de Santa Marina que estaban llenas de público. Muchos balcones ostentabas hermosas colgaduras.
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