Arranca un año más la feria de Nuestra Señora de la Salud en nuestra querida Córdoba, título desconocido – o ignorado – por una significativa parte de los ansiosos asistentes que, ya en la prematura jornada de ayer, no quisieron dejar pasar un solo segundo para personarse en el Arenal con sus “mejores galas” y las miras más puestas en la absurda y consentida zona del “botellón” que en la feria propiamente dicha.
No cabe ningún género de duda, la fiesta es el reclamo necesario que hace que una buena parte de la población se deje arrastrar, independientemente de que la celebración se denomine Cruces de Mayo o feria. Y desde luego, sin hacerse una sola pregunta acerca del origen ni el título de los mencionados festejos ni detenerse a pensar un solo instante en el peso y papel fundamental que las hermandades cordobesas tienen dentro de las dos celebraciones que tan buena acogida tienen anualmente. Eso suele ser más conveniente obviarlo, pasarlo por alto si se quiere mantener intacto el discurso – o más bien perorata – enfocado a la incomodísima Semana Santa y su irritante fondo religioso.
Cuando de esta se trata, muchos son los que se afanan cada año en poner sobre la mesa sus flacos argumentos, que van desde el ataque por las molestias ocasionadas a los residentes del centro y el casco antiguo de la ciudad, hasta la defensa de los comerciantes del entorno catedralicio, pasando por las quejas por las calles cortadas o la basura generada al paso de las procesiones, entre las que se cuentan esas verdaderas montañas de cáscaras de frutos secos y latas, entre otras cosas.
La falta de civismo es lamentablemente incuestionable, sin embargo, cuando de Cruces de Mayo y feria se trata, las denuncias desaparecen para dar paso al júbilo que se desata con algo que, no nos engañemos, poco o nada tiene que ver con el deseo de perpetuar las tradiciones cordobesas. Ni tampoco con el gusto por el flamenco, los caballos, los trajes típicos o el bello entorno gobernado por el colorido de las flores. Más bien tiene que ver con la noche, la fiesta en sí, la bebida y…no, la comida no, ya que como bien se sabe, es mucho mejor cenar en casa y tener el estómago lleno para lo que viene después.
A nadie parece importarles en estas ocasiones la perturbación en las vidas de los habitantes del centro, del casco histórico ni mucho menos de la Fuensanta y el Campo de la Verdad. A nadie le interesa las dificultades que la persona que trabaja en cualquiera de estas zonas encuentra para aparcar y llegar puntual a su puesto. Tampoco los que han de convivir desde sus hogares con las repetitivas y enloquecedoras llamadas de las atracciones ni de sus incansables comentaristas. Ni, por supuesto, las indeseables escenas que muchos de los vecinos se ven obligados a presenciar y que no voy a enumerar por absoluta confianza en su imaginación y propia experiencia.
Y desde luego, aquí el cúmulo de desechos, la ingesta desmedida de alcohol y sus consecuencias – recordemos algunos famosos episodios – en esa habilitada zona donde todo es posible, hasta el punto de que alguien pueda decir que “ha estado en la feria” sin ni siquiera haber pisado el albero e incluso integrarse con la absoluta tranquilidad de que la mezcla aromática camuflará que el individuo en cuestión lleva, tal vez, un mes sin pasar por la ducha. Nada de eso importa ahora, porque se tiene la increíble capacidad dejarse envolver por una sospechosa amnesia y, con ella, de olvidar sin problemas el reivindicativo alegato con el que se martilleaba a los cofrades tan solo unos meses atrás.
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