La cara y la cruz del Corpus

El pasado domingo, viví el Corpus Christi de mi pueblo. En mi casa, como cualquier otro hogar sustentado en una base de valores católicos, se celebra con conciencia. Desde pequeños nos enseñan que el Domingo de Corpus sale Jesús Sacramentado, es decir, Dios Verdadero. Aunque nuestra devoción familiar sea la de una advocación pasionaria, somos conscientes que Jesús quiso quedarse en el Sagrado Sacramento del Altar.

El Domingo de Corpus guarda una belleza íntima e inigualable. El frescor de la mañana no puede ser más puro. Reconforta el alma y deja libre tus instintos para llevarte por una alfombra de romero y juncos hacia Dios. Son horas de placidez total y no caben argumentos que no sean rendir honores al Rey del Amor.

Dicen que en tiempos pretéritos fue una celebración repleta de majestuosidad. Cómo no, procesiona su Divina Majestad. Ahora, sólo nos ha quedado tímidos rayos de luz del día que brillaba más que el sol. Aunque haya perdido parte del esplendor de antaño, el sol luce de manera desproporcionada. El oro y la plata brillan con ímpetu. Jesús Sacramentado sale a la calle bajo un palio de un color azul inmaculado intenso. Los colores del Corpus son colores que ningún maestro de la pintura haya podido alcanzar. Están tocados de la presencia de Dios.

Todo desprendía fulgor menos en el ambiente. Nadie había en la calle cuando comenzaba a salir el cortejo. Y en el resto del recorrido, más de lo mismo. Las personas se agrupaban en dos montones distintos. Al principio, los padres de los niños que vestían sus trajes de primera comunión; y al final, las personas que aquella mañana se vistieron con lo mejor de su armario para acompañar a Jesús.

Las hermandades con intensión de perpetuar tan importante festividad montaron altares llenos de elegancia para dar solemnidad a la procesión. Era un ambiente íntimo. Pero faltaba algo para saber que estaba en una celebración llena de alegría. Fuera del cortejo no había nadie. En sus casas, muchas personas recién levantadas no abrían las persianas para recibir al Señor.

Sin embargo, hubo un momento que le dio todo el sentido a la procesión. De lejos venía una mujer mayor. Su edad pasaba los noventa y sus movimientos eran cortos. Venía acompañada de una mujer que más que parecer su hija parecía ser la cuidadora que le ayudaba a acercarse al paso de la Custodia. Mientras, casi todo el mundo en la procesión hablaba en alto, ignorando el momento que procedía. Pero esta anciana callaba y oraba en silencio. Cuando el paso llegó a su altura, ella que casi no podía andar hizo una prolongada inclinación con todo lo que sus laxos huesos le permitían.

Aunque fuéramos paisanos, yo no la conocía. Quizás la hubiera visto hace años o en otra procesión del Corpus, pero nunca me había fijado en ella. Su escaso cabello níveo lo acompaña una piel arrugada y pálida. Todo aseguraba que hacía tiempo que no salía de su casa o estaba enferma en la cama. La mañana del Corpus fue para ella una excepción. La de luchar con todas sus fuerzas para recibir a Jesús Sacramentado que pasaba cerca de su casa. La enfermedad y los años no eran excusas para ponerse su mejor ropa, peinarse y volver a salir a la procesión del Corpus con la misma ilusión de una niña.

Mientras otras paisanas, jóvenes, exultantes y en la flor de los años, hacían culto de vagancia percibiendo a Dios en pijama, en el oscuro salón de sus casas de cortinas corridas. Esta nonagenaria dio al Corpus todo su esplendor. Fue la causa de por qué Dios sale a la calle. El próximo año la estaré esperando de nuevo. En la esquina más cercana de su casa. Sé que Jesús Sacramentado le dará fuerzas para que ella vaya a saludarle, si todavía no le ha dado el regalo de estar en la Eucaristía Eterna.