Ya conocemos la suspensión de la Semana Santa 2021. Tampoco debe sorprender a nadie. La anulación se barruntaba desde hacía meses en los mentideros cofrades y culturales de la ciudad. Es la decisión más lógica y sensata, viendo la situación tan delicada que continuamos sufriendo con tantos muertos diarios. Conociendo esta perspectiva, algunos medios de comunicación en general y ciertos periodistas en busca de simple morbo y titulares gratuitos han ondeado la bandera de los pasos sin fronteras, de jugar a los pasitos como sea y por encima de cualquier cosa, incluso la salud de los ciudadanos.
Frente a este juego bochornosamente demagogo, que parece esconder más un ataque anticlerical y un pasar factura al Consejo que una auténtica defensa de la independencia cofrade, un intento de hacer creer que los cofrades somos una especie de anarquistas capaces de cortar con barricadas el Puente de Triana en protesta por no dejarnos dar izquierdazos camino de la Campana en lugar de personas sensatas que sabemos esperar si las circunstancias no son propicias, sin exageraciones ni sobreactuaciones, muchos cofrades -tan cofrades como aquellos- han comenzado a decir en voz alta que ya basta, que no están dispuestos a ser utilizados como ariete contra el poder por quienes parece estar buscando una podemización del universo cofrade, vaya usted a saber con qué intención oculta.
La cosa es que los susodichos comunicadores están abochornados con la anulación de una de las principales fiestas de primavera en la ciudad, ensaltando la pluma contra las autoridades políticas, cofrades y eclesiásticas, que parecen ser los culpables de que haya un virus asesino campando por sus respetos. Estos redactores de boca pequeña atacan sin piedad al Arzobispado y el Consejo de Cofradías por bajarse los pantalones ante el gobierno local, siendo culpables del delito de acabar por segundo año consecutivo con los sueños del cofrade. Porque, al parecer, es una especie de capricho sin sentido eso de suspender las procesiones… cuando lo que se antoja una actitud infantil es patalear en público porque, por segundo año consecutivo, nos han quitado el juguete con el que jugar.
Hablando de juegos, la pregunta es sencilla: ¿A qué juegan ustedes? ¿Qué pretenden? ¿Una rebelión de kofrades cirio en mano camino de Palacio para reivindicar que queremos procesiones, cueste lo que cueste y caiga quien caiga? ¿Cómo que la decisión se ha tomado sin contar con las cofradías? ¿Acaso el Consejo desconoce lo que cuece? ¿La decisión de suspender es contraria al sentir mayoritario de las hermandades? ¿O solo cuenta la opinión de quienes quieren procesionar como sea? Sin hermandades no hay Semana Santa y sin Iglesia, tampoco. Algunos deberían intentar comprender que ninguno de los principales organismos de la ciudad disfruta con una decisión tan drástica. Ni siquiera al arzobispo Asenjo, a quien tan poco parecen apreciar, le compensa una medida tan dura. La salud debe prevalecer en un momento tan impredecible como éste, porque de lo contrario habrá Covid-19 para rato. Y sí, las Estaciones de Penitencia pueden esperar, ni se acaba el mundo ni es ningún cataclismo, pero los contagios hay que pararlos, y hay que pararlos ahora. Pese a quien pese las aglomeraciones constituyen un despropósito, no solo en cuanto a la Semana Santa se refieren, sino ante cualquier acto que las promueva (incluidas las manifestaciones, señores políticos y sindicatos).
Los parches y las soluciones de andar por casa no valen para esta situación. Crear trincheras, aún menos. Los medios de comunicación deben opinar, por supuesto, pero por encima de todo deben decir la verdad. Echar estiércol a las Hermandades, las instituciones, la iglesia y el gobierno local es sencillamente una frivolidad y una amenaza. La iglesia son las hermandades, y las hermandades solo logran permanecer en pie haciendo iglesia. Es la cara de la misma moneda, y su destino va en paralelo. La Semana Santa resurgirá como el Ave Fénix, que nadie lo dude, nuestras imágenes llenarán las calles y Sevilla volverá a vivir días de gloria y penitencia sin restricciones, mascarillas ni geles. Pero todos debemos asumir de una vez que para eso queda tiempo. El mismo tiempo que ya se ha consumado para los cínicos que levantan antorchas contra quienes velan por la salud y la seguridad de todos. Eso sí que es vergonzoso.





