A paso mudá | Aromas: el día del Corpus

Hay días que no se miden en horas, sino en emociones. Días que no necesitan del calendario para saberse distintos. El del Corpus es uno de ellos. Basta con abrir la ventana y dejar que entre el olor a romero, a juncia recién esparcida, a fe sin estridencias.

El Corpus no es solo una procesión: es un ambiente. Una atmósfera callada, solemne, que lo envuelve todo. La ciudad despierta más despacio. Se oyen pasos tempranos, saludos bajos, manos que engalanan esquinas como si fueran altares del alma. No hay prisas, no hay palmas. Solo la belleza antigua de lo sagrado.

Y sin embargo, hay veces —cada vez más— que ese ambiente se vuelve silencioso por motivos que duelen. Porque el Corpus también camina solo. O casi. En demasiadas ocasiones, el cortejo avanza entre sillas vacías, entre calles desiertas tras el paso de una banda que, con su retirada, arrastra tras de sí al público. Como si la música fuese el fin, y no el medio. Como si el Santísimo no fuera suficiente motivo para quedarse.

Este fenómeno —tan comentado como silenciado— es una herida abierta. Porque no es cuestión de elegir entre fe y cultura musical. Es cuestión de saber mirar. De comprender que la verdadera música de este día suena más allá del pentagrama: es la respiración de quien reza, el roce de las dalmáticas, el crujir de un viril bajo palio. Un sonido distinto, que no llena estadios pero sí corazones.

No se trata de culpar, sino de despertar. De recordar que el Corpus no es un desfile, ni una antesala del verano, ni un evento de paso. Es la fiesta de la presencia real, el día en que Dios camina por nuestras calles. Y cuando eso ocurre, uno no debería marcharse.

Porque, aunque todo pase —las flores se marchiten, la juncia se barra, la custodia regrese al templo—, algo queda. Algo que solo puede sembrarse si uno está presente. Si uno se queda. Si uno, por un día, cambia el aplauso por el silencio, y la carrera por la contemplación.

El Corpus no necesita ruido para ser eterno. Solo necesita almas que no se distraigan. Miradas que no pasen de largo. Pasos que no se adelanten, sino que se queden. Porque allí donde el pueblo permanece, la fe florece.