La decadencia de Occidente se observa en cada detalle. Es como la caída del Imperio Romano 2.1, esto es, en lugar de siglos de derrumbe progresivo, ahora la demolición va a golpe de tuit, de publicación en IG o de vídeo de Tik Tok.
Y si los si tomas se convierten en hechos y esos hechos en pasos hacia el declive absoluto, ninguno de ellos escapa a rango alguno de la sociedad. Las cofradías no se libran de esa nada y, surcando el vacío hay personajes de todo pelaje, índole y condición.
En un mundo donde se mide por lo bajo, cualquier cosa se puede uno esperar de cualquier hermandad, incluida la Macarena. En San Gil tienen muchas, demasiadas explicaciones pendientes sobre lo sucedido con esa especie de restauración encubierta de la que se ha llegado a elucubrar que se había dado el cambiazo a la Esperanza.
Una dimisión se antoja poco, como también se podría considerar un acto menor la salida voluntaria de sus comunicadores (los de la televisión , concretamente) que, mientras el seísmo azotaba a la hermandad, daban un alarde de profesionalidad en X, ofreciendo la típica respuesta del graciosito de la clase cundo los interpelaban. No se irá nadie y el programa seguirá con su nombre de serie de Netflix y ellos de rositas, porque el nivel es que no hay nivel.
Los hay que tienen un poquito y cumplen eso de que el tuerto es el rey en el país de los ciegos, y han aprovechado la coyuntura para atizar con más fuerza al hermano mayor. Y aunque motivos hay, no deja de resultar llamativo que el ser cainita se soslaye o llegue a verse como algo natural y pagado por todos.
Luego están los títeres, nada inteligentes por supuesto, pero oportunistas hasta sin querer, que abordan temas punzantes para la hermandad en el mismo día del lío. Una panoplia de despropósitos que llevan a pensar que mejor rezar solo en tu habitación ante una foto antigua, porque así no se puede creer.





