Suspira el querubín con el aire melancólico de Rubén Dario, pensando en aquellas procesiones bucólicas de septiembre que languidecieron como caen las hojas del otoño en los árboles que ya no quedan ni en María Auxiliadora ni en Jesús del Calvario. Tampoco queda aquel hermano mayor que recuperó la salida y solo queda otro al que la procesión parece que le cuesta más que hacer un paso.
Susurra el serafín por esos equipos de capataces que tanto se quisieron y que, como del amor al odio hay un paso más corto que una nube de verano, acabaron como en el final de alguna de las películas de la saga de El Padrino con más traiciones que en la Isla de las Tentaciones.
Suspira el ángel por un capataz del que dicen que ha llevado el paso de babero, aunque se movía más bien como un sonajero, cabeceando, saliéndose de los caminos y acariciando ramas, porque es un capataz sostenible, ama la naturaleza y los misterios renovables como la energía eólica que parecía impulsar a su cuadrilla.





