Si hay algo que define nuestro mundo cofrade, ese es el pulso constante entre el incienso y la cartera. Nos encanta la calle, la bulla, el olor a cera, pero, seamos sinceros, en el fondo nos aterra el vacío. Y ese vacío, muchas veces, lo llenamos con oro.
Nos hemos convertido, sin darnos cuenta, en coleccionistas compulsivos de patrimonio. Los talleres de bordado echan humo y las juntas de gobierno se sienten obligadas a anunciar un «estreno» por Cuaresma, como si la hermandad fuese un desfile de modas y no un camino penitencial. Y aquí es donde chirría.
Pregúntale a cualquier cofrade de verdad si el éxito de su Semana Santa se mide por la cantidad de hilos de oro que lleva el nuevo faldón. La respuesta, retórica o no, debería ser un rotundo «no». Pero la realidad nos golpea en la cara: nos obsesiona el brillo. Anunciamos con más orgullo el encargo de un broche de perlas que la apertura de un nuevo proyecto social.
Hemos creado una especie de «lista de la compra» patrimonial que, con frecuencia, es ajena a la verdadera misión de la Iglesia. ¿De qué sirve gastarse una fortuna en restaurar un palio para que luzca «más perfecto» si la casa de hermandad no tiene dinero para apoyar a las familias de su propio barrio? La balanza está desequilibrada, y lo sabemos.
El arte sacro es una maravilla, por supuesto. Un manto de Rodríguez Ojeda es una oración hecha bordado. La belleza de la imaginería es un motor de piedad. Pero esa belleza tiene que ser, antes que nada, una herramienta para el Evangelio, y no un simple espejo donde se mira el orgullo corporativo. Es un instrumento, no el fin.
Creo sinceramente que la revolución que necesita nuestra Semana Santa no está en el cajón de las joyas, sino en la calle de la caridad. El verdadero «estreno» sería que cada hermandad duplicara, de verdad, su inversión y esfuerzo en el prójimo. Que el oro y la plata dejen de ser la «coraza» que nos protege del compromiso y se conviertan en el medio para financiar un proyecto social con alma.
Mientras sigamos valorando más la foto del estreno que la vida de fe discreta y sacrificada, seguiremos corriendo el riesgo de que nuestro patrimonio sea un mero exhibicionismo elegante, y no la luz que realmente debe guiar al pueblo a través de la oscuridad de la Pasión. Y eso, a la larga, es un pecado de vanidad que ningún bordado puede tapar.





