El cirineo | ¡Que el mundo entero lo sienta, lo contemple y lo viva: ya estamos en Semana Santa!

Hay una hora exacta, cuando se agota el sábado que precede al Domingo de Ramos, en la que Andalucía deja de esperar y comienza a sentir. No es una hora marcada por relojes, sino por el latido compartido de un pueblo que reconoce ese instante sin necesidad de nombrarlo. En apenas unas horas Andalucía estrenará sonrisa, y esa certeza se abre paso en el alma con la misma emoción con la que un niño espera la madrugada más anhelada del año, porque el cofrade vive estas horas como si de una noche de Reyes se tratase, suspendido entre la ilusión y la memoria.

El aire ya no es el mismo. El azahar lo invade todo, como una proclamación íntima que anticipa lo que está por venir. Su aroma no solo perfuma, sino que despierta, convoca, reúne. Las calles comienzan a convertirse en un oleaje prácticamente inabarcable, a mutar en ese escenario vivo donde la fe consigue hacerse visible. Rincones que se inundarán de miradas que se entenderán sin palabras, porque lo que está a punto de suceder no es una simple reunión -una buena bulla. como decimos en este maravilloso rincón del universo-, sino la continuidad de un legado que se ha ido tejiendo de generación en generación.

Padres e hijos, abuelos y nietos volverán a encontrarse en un mismo gesto, en una misma forma de formar parte del mundo. Almas de generaciones diversas que han aprendido que vestir la túnica es mucho más que prepararse para una procesión: es asumir una herencia, es responder a una llamada que viene de lejos. En ese acto sencillo se condensa una enseñanza transmitida sin estridencias, sostenida por el devenir de los años, por la palabra y por el ejemplo de quienes hicieron de esta forma de vivir la fe la más hermosa de las tradiciones.

Y bajo las trabajaderas, donde el esfuerzo se transforma en silencio compartido, seguirán estando quienes ya no están. No como recuerdo, sino como presencia. Los costales heredados no son solo saco y arpillera: son memoria viva, son huella, son continuidad. Porque aquellos que partieron no se han ido del todo, se encuentran en el cielo pero seguirán bajo las trabajaderas durante toda la eternidad, empujando con los suyos, marcando el compás invisible, agua bendita que se pronuncia con un rachear sagrado, de una devoción que no entiende de despedidas.

La ciudad, mientras tanto, se dispondrá para su transformación definitiva. En un abrir y cerrar de ojos, la cera comenzará a derretirse sobre las calles, dejando un rastro que será testimonio de lo vivido, de lo sentido, de lo ofrecido. Y cuando los pasos avancen, llegará la única lluvia que desea el cofrade, la de pétalos que se derramarán sobre el palio de la Madre de Dios, una lluvia que no inquieta, sino que acaricia y eleva el instante hasta hacerlo eterno.

Será el tiempo de mirar atrás con gratitud. De reconocer a quienes nos precedieron, a quienes nos enseñaron —con sus palabras y con sus hechos— a vivir del modo más hermoso del mundo esta especial forma de relacionarnos con Dios y su bendita Madre. Ellos nos mostraron el camino, nos enseñaron a sentir, a comprender, a permanecer. Y gracias a ellos, hoy sabemos que esto no es solo tradición, sino una manera de existir que solo se comprende plenamente en este rincón privilegiado de la creación.

Ahora, cuando todo está dispuesto y el pulso de cada ciudad y de cada pueblo late en un mismo compás contenido, cuando el silencio pesa más que cualquier palabra y la emoción se abre camino sin pedir permiso, nos encontramos a las puertas de la gloria, en esa frontera invisible en la que los sueños dejan de ser promesa para convertirse en verdad viva. Es el instante decisivo, el que no admite demora ni duda, el que se graba para siempre en la memoria de quienes saben reconocerlo.

¡Cofrades, es el momento! Es la hora de ocupar las calles con el alma, de llenar las plazas de fe, de hacer que cada rincón proclame lo que ya es imparable. Que el mundo entero lo sepa, que lo escuche, que lo contemple: ha llegado el momento de la magia, el tiempo de la fantasía; la que transforma en un indescriptible vergel este despiadado valle de lágrimas, la que ensancha el corazón, la que nos devuelve a lo esencial y nos eleva por encima de lo cotidiano. Porque ya no hay espera, porque ya no hay distancia entre lo imaginado y lo vivido, porque todo cuanto hemos aguardado durante un año entero comienza a hacerse presente.

¡Cofrades, escuchadme: ha llegado el instante esperado! ¡Salid y tomad las calles, vuestras calles, con el alma encendida de fe, enamorada perdidamente de pasión, de esperanza y de alegría, haced que cada rincón proclame sin reservas lo que somos, en lo que creemos y lo que sentimos y gritad a los cuatro vientos que ya está aquí la semana más hermosa! ¡Que el mundo entero lo sienta, lo contemple y lo viva: porque por fin, después de doce largas lunas de espera, ya estamos en Semana Santa!