Existe un fenómeno muy curioso en el universo de la música procesional. En un mundo donde las disputas entre defensores del estilo clásico y los apasionados de las nuevas corrientes vanguardistas están a la orden del día, hay un nombre que rompe cualquier frontera ideológica. Hay un compositor que genera una unanimidad casi mística entre músicos, costaleros, abonados de la Campana y el público de a pie. José Manuel Mena Hervás gusta a todos. Pero, ¿cuál es el secreto de este idilio colectivo que dura ya décadas?
Para entenderlo, no hace falta ser un erudito en armonía musical; basta con haber sentido el compás de un misterio revirando en una esquina de barrio. La música de Mena Hervás no se escucha solo con el oído; se siente en el pecho.
El secreto de su pluma: elegancia, compás y pellizco
Si tuviéramos que definir la forma de escribir de Mena Hervás, la palabra exacta sería equilibrio. Sus partituras tienen la asombrosa virtud de ser complejas en su trastienda pero increíblemente directas para el oyente. Su música no necesita de artificios extraños ni de disonancias pretenciosas para llamar la atención.
- Melodías inolvidables: posee una capacidad innata para crear motivos musicales que se quedan grabados en la cabeza desde la primera nota.
- El sentido del andar cofrade: sus marchas están escritas por y para el costalero. El ritmo, la fuerza de los bajos y las caídas están perfectamente medidos para ajustarse al compás del paso.
- Madurez sin perder la esencia: ha sabido evolucionar con los tiempos de forma sobresaliente, incorporando matices modernos sin desvirtuar jamás el aroma clásico de la agrupación musical.
Una banda sonora imprescindible: sus grandes obras
Hablar de José Manuel Mena Hervás es repasar los himnos oficiosos de nuestra Semana Santa. Su catálogo es tan inmenso como trascendental, pero hay composiciones que ya pertenecen al patrimonio inmaterial de todos los cofrades.
- Oración: posiblemente su obra cumbre. Una marcha que es pura mística, un rezo hecho música que ha traspasado las fronteras de las agrupaciones para ser adaptada incluso por bandas de cornetas y tambores. Su solo inicial sobrecoge el alma.
- Nuestro Padre Jesús de la Victoria: fuerza, compás de barrio y una alegría contenida que define a la perfección el Domingo de Ramos.
- De tus manos, Cautivo: la viva demostración de cómo evocar la devoción y la dulzura a través de los metales.
- Entrando en Jerusalén: el estallido de luz que da comienzo a la semana más hermosa del año, una explosión de júbilo.
Valme: el laboratorio sonoro y el alma del maestro
La trayectoria de Mena Hervás no se puede comprender en su totalidad sin mirar a su rincón más íntimo y personal: la Agrupación Musical Nuestra Señora de Valme de Dos Hermanas. Nacida bajo su propia visión y dirección, Valme es mucho más que una banda en su currículum; es su proyecto vital, su laboratorio sonoro y el reflejo más fiel de su evolución.
Al frente de sus músicos, el maestro no solo ejerce la dirección, sino que plasma su inconfundible sello pedagógico y musical. Con la formación nazarena ha fraguado una identidad única, un binomio indisoluble donde las marchas se trabajan desde el corazón de la partitura hasta el último rincón del ensayo. Valme es la formación donde Mena Hervás escribe en primera persona, regalándonos trabajos discográficos clave como Váleme Señora y sirviendo de custodia viva para su prolífico y personal repertorio.
El compañero de viaje de las grandes formaciones
Más allá de su obra matriz en Dos Hermanas, su firma ha estado ligada de manera entrañable a las formaciones más excelsas del género. Su música ha alcanzado cotas históricas gracias a su vinculación con instituciones de la talla de la Agrupación Musical Nuestro Padre Jesús de la Pasión de Linares —cuyas magistrales interpretaciones de su obra forman parte del Olimpo discográfico de nuestra Semana Santa— o la Agrupación Musical Nuestro Padre Jesús de la Redención de Sevilla.
Mena Hervás ha sabido exprimir el color y la personalidad de cada banda que ha solicitado sus servicios, adaptándose al estilo de los diferentes rincones de la geografía andaluza y nacional, pero dejando siempre impregnado ese pellizco inconfundible.
Un legado que une generaciones
¿Por qué nos gusta a todos? Quizás la respuesta sea que la música de Mena Hervás suena a verdad. No busca el aplauso fácil a través del estruendo, ni la admiración académica mediante la frialdad técnica. Sus marchas tienen pellizco, tienen barrio y tienen madrugadas.
Mena Hervás ha conseguido lo más difícil en este bendito arte: que cuando empiece a sonar una marcha, sin mirar el programa de mano, el cofrade sonría, mire al de al lado y diga: «Esta es de Mena». Y en esa sonrisa compartida reside el verdadero triunfo de su música.





