A contracorriente | Adiós año para olvidar

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A menudo, en casi todo lo cotidiano, se nos presenta la denominada falacia de la falsa dicotomía. Esto es, o esto que es lo bueno o esto que es lo malo sin la escala de grises ni el relato argumentativo, por resumir. 

Hace unos meses la exponía, durante una charla, un sacerdote y no dejó de llamarme la atención, no por el orador (o no solo por él), sino porque la Iglesia -o buena parte de sus miembros y ministros- no dejan de utilizarla, prácticamente, para todo.

Con la verdad revelada se tiene el argumento perfecto, el dogma, el axioma que justifica todo lo demás. Pero no es de Iglesia de lo que venía a hablarles, aunque le atañe.

Me venía este pensamiento cuando esta tarde, entre luces y menos gentío (aunque lo había), pensaba en hacer un balance de 2025 en clave cofrade. Pero entre magnas, extraordinarias, prohermandades paralizadas, destituciones inexplicadas, regresos triunfales y demás, me dio por pensar en las reflexiones de Paco Román y Rafael Zafra en la tertulia de Cofrades 24/7, cuyo final verán en un par de días.

Esa decadencia de la sociedad, esa ausencia del hecho religioso en las cofradías me conmovió desde que las escuché de su boca, porque -a diferencia de lo que me pasa casi siempre- por una vez no me sentí solo en la batalla que, en el fondo, siempre la he librado a sabiendas de que seré el perdedor.

Los que la asumimos y seguimos, no dejamos de sentirnos como el Tercio Viejo de Cartagena, que sabe que va a caer, pero no va a entregar los estandartes.

El arma es la palabra, aunque ya casi nadie escucha y, ni mucho menos reflexiona. Así se nos va 2025 como un año más, como la Nada de Carmen Laforet en la Barcelona de posguerra, como Los Nadadores de mi querido Pérez Azaústre, donde la piscina se va despoblando de personas y solo queda el vacío existencial.