La Semana Santa que viene ya está aquí. Con el hecho religioso como efecto secundario del contagio vírico de las cofradías, todo se ha tornado en un espectáculo con más tintes teatrales que con el verdadero núcleo sustancial que debe prevalecer.
Así observamos, con total naturalidad, como la cotidianidad pasa por capataces que se sientes como los verdaderos protagonistas del asunto (aunque, por suerte, queda una especie de decoro y no lo dicen abiertamente, aunque sus gestos los delaten).
También nos hemos acostumbrado a que la gente vaya a escuchar bandas y no a la imagen y se escuchen protestas del respetable cuando se suspende una procesión. Iban a escuchar a la banda.
Tampoco hay que dejarse atrás el control de las administraciones, que plantan a policías, vallas, semáforos de aforo, líneas rojas y ver una procesión puede resultar tan distante como observar a animales salvajes si te vas de safari con un equipo del National Geographic.
Sin embargo, todo ello no es sino fruto de la sociedad en la que vivimos. No es ni tan siquiera un espejo, es la sociedad misma, a la que todo le urge en su hiperactividad controlada, que canibaliza cada fecha del calendario.
En esa vorágine perdemos todos, mientras el que controla gana un palmo de terreno cada día que pasa. Y, así, estamos ante nuestro propio abismo y somos incapaces de darnos cuenta.





