Las cofradías se miden por su intrahistoria, de la que apenas conocemos un diez por ciento (como el iceberg de Heminway), pero que en realidad es la que da forma a su presente. De ahí que en no pocas ocasiones nos lleguen a sorprender ciertas actitudes o decisiones que, sin remisión, se explican por ese trasfondo.
Y esto es perfectamente aplicable al mundo de abajo, al del costal y al de los martillos. En ocasiones, un cese o un nombramiento nos dejan ojipláticos. Si bien, el mismo se suele explicar por filia y fobias. Hasta el punto que se adoptan decisiones por un hecho puntual sucedido años atrás. Esto es, el hermano mayor de turno guarda rencillas de una etapa anterior en la que, por ejemplo, era oposición y no sintió, digamos el cariño del titular del martillo.
Luego hay capataces al que uno de sus hombres de confianza le hizo la cama o un grupo de presión, tras trabajárselo a lo largo de un determinado espacio de tiempo, consigue derrocarlo.
La trayectoria del capataz, casi en cada cofradía, es limitada y tiene fecha de consumo preferente. Salvo para un grupo de elegidos. Y en este entran los que asumieron el cargo empujados por las circunstancias y en su sangre llevaban el antídoto al veneno de los martillos.
Otra especie son los que, cuando su trabajo acabó en una cofradía se marcharon sin una palabra altisonante y, todo lo contrario, animaron a sus costaleros a continuar, a no ejercer de oposición al capataz entrante. Además, después tuvieron no uno, sino varios ofrecimientos y, con una coherencia tan escasa en nuestro tiempo, declinaron amablemente las ofertas. De hecho, uno tiene nombre y apellidos ilustres y sé de primera mano los noes y la forma de proceder exquisita.
Son pocos y por eso, como los poetas, se podría decir que son capataces malditos. Pero no hay mayor gesto de grandeza que ir a contracorriente cuando los argumentos y, sobre todo, los principios son firmes.





