El mundo del costal vive una especie de edad de oro, al menos, en lo que a cantidad de material humano se refiere. Pretéritos parecen los tiempos en que se llenaban los pasos a duras penas, mientras a día de hoy entrar a formar parte de una cuadrilla es casi como acertar los números y el complementario de la Bonoloto.
La cantidad de aspirantes es exuberante y los capataces tienen tanto donde elegir que, desde luego, debe ser un quebradero de cabeza calibrar el amplio espectro de opciones que se te plantean cuando tienes dos huecos y cuarenta tipos deseando ser elegido.
Ahí es donde entra la calidad del costalero que, para acreditarla, seguramente debe contar con referencias suficientes para convencer al capataz. Haber salido con él o contar con una trayectoria equiparable a la de un futbolista deben ser puntos a favor.
Por eso no se entiende que en el momento actual haya aun pasos que no anden todo lo bien que deberían, incluso con capataces, equipos de auxiliares (decir contraguías está feo) y cuadrillas de élite: los delta force, los navy seals de la arpillera y el traje negro.
Por eso, como en casi todo, a veces hay discordancias entre lo que debería ser y lo que realmente es. El concepto del Ser de la metafísica aquí viene al pelo, lástima que ni costaleros, ciudadanos ni siquiera los filósofos se preocupen de ello.





