“Somos hijos de nuestro tiempo”, decía el capataz cordobés, Enrique Garrido, en la entrevista concedida a este medio. Y lo señalaba en relación con las cuadrillas de costaleros que debe llevar un paso.
Y es que, en la actualidad, no son pocos los capataces que ya no es que doblen, sino que se sirven de tres cuadrillas para sacar un paso.
La realidad dicta sentencia y, en toda igualá que se precie, el número de aspirantes que se presenta se cuenta por decenas. Que no se dé ese caso, automáticamente nos lleva a pensar que el capataz de turno está amortizado, finiquitado.
En un concepto aplicado, tan clásico como el capitalismo, la cuenta es fácil, hay mucha más demanda que oferta y, con ello, o se llenan tres cuadrillas o muchas personas se quedan fuera.
A quienes lo defienden no les falta razón, en parte: con tres cuadrillas y el nivel técnico existente el paso irá rozando la perfección. Pero también sucede lo que exponía Garrido, si el costalero se enfría (con tres cuadrillas lo hará irremisiblemente), mal asunto, la cosa ya no irá igual.
Pero como somos hijos de nuestro tiempo el sino es el que es y hay que asumir ciertos parámetros, como que el costalero actual (el que no va con un capataz a tres o cuatro cofradías) tiene un esfuerzo/sacrificio muy limitados.
También al contrario, estaría por ver si los capataces -o algunos de ellos- que nadan en la abundancia serían iguales con menos personal. Son ejercicios teóricos difíciles de constatar, pero llegado el caso resultaría interesante. Sobre todo, al ver a algunos capataces cuyas cuadrillas se renuevan en un alto porcentaje cada año. Pero ese es otro síntoma.





