Hay un apartaro de mitos y leyendas, de presuntos malos entendidos y supuestos relevos generacionales que son tan dolorosos que pueden llegar a convertirse en traumáticos. Esto pasa con los equipos de fútbol donde una generación brillante llega a su fin y parece irremplazable, y con las cuadrillas de costaleros.
La analogía es exacta, no tiene pérdida y se puede ver en el resto de ámbitos de la vida. Pero en el caso de los capataces es realmente llamativo cuando todos aprecian el ocaso de uno en concreto, menos el afectado.
Volviendo al fútbol, un jugador se apercibe de su decadencia porque hay factores tangibles, bien sea que ya no es titular, bien que el compañero o el rival o ambos corren más, etcétera. En el caso del capataz resulta más complejo asumir que la cuadrilla -o determinados miembros de la misma-ya no te muestran el mismo respeto, o sencillamente dilucidar que el andar no es el adecuado.
Es todo sutilmente subjetivo y a esa sutileza se agarran para no desfallecer cuando una cofradía prescinde de tus servicios, o simplemente se lo piensa. Peor es el caso de unas elecciones donde el capataz sabe que si gana un determinado candidato va fuera y se monta otra candidatura para perdurar acariciando el martillo como Marlon Brando al gato en la primera escena de El Padrino.
Las señales no engañanan y empiezas, aunque no lo reconozcas, a ver como determinadas personas de confianza se van alejando de ti y como las decisiones del pasado regresan como el reproche de una amante despechada y la venganza de tu ex al unísono. Pero sigues obcecado en que no es el ocaso, sino una etapa más.
Entre tanto, para perdurar acariciando el llamador descubres que la mejor manera es despotricar del supuesto rival. Así se construyen tertulias de barra que, como un virus juguetón y enfermizo en su esencia, salta de barra en barra propagando la enfermedad.
Es la supervivencia en estado puro. Un ejercicio que, por irreflexivo (se te volverá en contra), es tan humano como la mezquindad que no relució cuando éramos reyes, pero que estaba ahí.
En esa última fase, ya no hay vuelta atrás para una retirada memorable y construir la leyenda desde la mirada del adiós. Todo lo contrario, es el momento preciso para la mediocridad de la que te rodeas para seguir destacando entre ella, como el que se va a ahogar y resiste con la cabeza fuera del agua a sabiendas de que se hundirá y nadie nadará en su auxilio.
Toda esta historia no le ha pasado -ni le pasará- a ningún capataz, aunque por el camino de estas letras alguno se haya sentido radicalmente identificado.





