A contracorriente | El público

Hay palabras que se convierten en anacronismos por el mero paso del tiempo y la evolución del lenguaje. En cambio, con otras sucede justo lo contrario: caducan porque pierden todo el sentido.

Eso pasa justo con el término ‘respetable’ aplicado al público, al de la sociedad en general, y al que va a ver cofradías en particular. El respeto ya no es un vía de doble sentido, sino que en el mejor de los casos es unidireccional, de quien actúa a quien recibe. Casi nunca al revés.

En la recién pasada Semana Santa esto se ha podido ver en multitud de lugares y con escenas de lo más variado. Desde los ocupantes de las sillitas  -que las defienden mejor que la barrera que forma un equipo de fútbol-, hasta los niños acosando a nazarenos o llevando la corneta de juguete a la extenuación de quien se halla en los alrededores.

Los consumidores de pipas de temporada (lo mío es desestacionalizado) han provocado un aumento exponencial de la demanda, que se proyecta en la ingente cantidad de residuos sobre el pavimento.

Luego hay quien se queja de las vallas en carrera oficial, de que hay cada vez menos calles donde ver las cofradías, pero siendo sinceros, para tener ese público mejor que las calles estén semivacías.