A contracorriente | Ellos toman el mando

Para que haya libertad tiene que haber seguridad. Esa maxima se repite en todos los regímenes democráticos y como pilar del estado de derecho, como un credo moderno, que bebe del Niceno-Constantinopolitano en lo que ambos tienen de axioma insuperable de fe católica y fe política. 

Pero hay un matiz en el credo de los hombres (en el católico los hay diversos, pues los concilios de Nicea y Constantinopla llegaron por reacción a la controversia intestina), que parte de la delgada linea que separa dos mundos opuestos y solo deslindados por una frontera invisible: el de la seguridad como convención social y jurídica, y el de la seguridad como sistema coercitivo contra el ciudadano. 

La historia está repleta de ejemplos repetidos del cruce de frontera sin pasar por la aduana ni mostrar el pasaporte para convertir al líder en amado, loado y exaltado, y, por ende, transformarlo en dictador. 

No obstante, desde el cargo institucionalizado que ocupo César a nuestros días todo ha cambiado en las formas, que no en el fondo. Ahora la sutileza entra por muchas vías que van desde la autocensura a la cancelación. Y, dentro de ellas, mientras a los cuerpos de seguridad se les deja al albur de la masa supuestamente progresista y de unos medios precarios, a la par se utilizan sus informes para justificar el control de movimientos de la masa. 

En eso las cofradías son el sujeto de un ensayo tan clinico como efectivo. El Cecop, el sancta sanctorum del gobierno de las procesiones, se ha convertido en la piedra filosofal, en la alquimia exacta del control social. Sus informes son verdad revelada y sus disposiciones los mandamientos de la ley del cortejo. 

Se ponen vallas, semaforos de aforo, lineas rojas y demás indicaciones de obligado cumplimiento en Sevilla; mientras en Córdoba se aprueba una instrucción en la que la Policía Local decidirá sobre si la salida es apta o no lo es. Las culpas primeras seran para ellos, pero los responsables de la decisión de entregar el poder, mientras encubre el suyo, responde al tacticismo político de nuestros días. El mismo que se ampara en la seguridad y no se sabe a qué lado de la frontera está.