El cirineo | El día en que los cofrades callamos como meretrices

Hay una calle en Córdoba —avenida la llaman, aunque no deje de ser una calle—; en esta ciudad se denomina “avenida” a cualquier tramo asfaltado que supere los diez metros de anchura. En ella, si uno se detiene a observar el pavimento, aún pueden distinguirse los rescoldos de una de las etapas más infames que nos ha tocado transitar: aquella pandemia que nos arrebató dos Semanas Santas mientras muchos aplaudíamos la decisión —algunos incluso la exigíamos— y otros, simplemente, callaban como meretrices.

Aquel experimento de ingeniería social no fue sino la parte visible de un iceberg concebido para despojar a la sociedad de todo vestigio de libertad, amparado en el miedo o en una supuesta responsabilidad. Una responsabilidad que apelaba a la seguridad propia y a la de nuestros seres queridos, pero que no era más que una trampa de apariencia compasiva. Aquella abominación sirvió para implantar en el mundo occidental una noción ilusoria de libertad, donde creemos elegir pero todo ha sido ya decidido por otros. Hoy, en esta sociedad dirigida por un poder que lo abarca todo —aunque simulen hacernos creer lo contrario—, aún perviven algunos espacios marginales donde se resiste esa libertad perdida: un programa de televisión desde el que se escudriña el horizonte cada jueves, o este mismo medio desde el que ahora les escribo, salvando, naturalmente, las distancias derivadas de su alcance.

En uno de esos espacios alguien recordaba que vivimos sumidos en la ilusión de una democracia que no es tal, sino una mutación del viejo turnismo de la Restauración borbónica. Aquel sistema en que el Partido Conservador y el Partido Liberal se turnaban en el poder de forma pactada, amañando elecciones y falseando resultados para garantizar una alternancia estable pero profundamente antidemocrática. Un decorado de cartón piedra, sin competencia real, que hoy ha mutado con rostro renovado y lenguaje inclusivo, pero con idéntico propósito: que nada cambie.

Esa misma manipulación, nutrida por los grandes medios de desinformación de masas, ha terminado por alcanzar incluso al mundo de las cofradías, que han sido despojadas de cualquier capacidad de autodeterminación por una clase política que ha erigido al Cecop en una especie de divinidad omnipotente. Ese ente decide cuándo salen las hermandades, por dónde discurren y cómo deben hacerlo, mientras los cofrades —sumisos y disciplinados— acatamos como corderos silentes.

Si uno mira atrás y fija la vista en las flechas que aún permanecen en el suelo de aquella calle, resulta inevitable sentir una punzada de vergüenza por las imbecilidades que fuimos capaces de asumir en nombre de la seguridad. Una vergüenza que se amplifica al constatar que nuestra sumisión fue un error, un trágico precedente de la sociedad vigilada y domesticada en la que hoy penamos.

Entonces permitimos que nos arrebataran la libertad, y ahora los cofrades reproducimos esa actitud: entregamos nuestra capacidad de decisión sin lucha, sin protesta, sin resistencia. Al ritmo que llevamos, llegará el día en que un policía local —con pocas ganas de soportar el calor— esgrima la existencia de una alerta naranja para impedir que una procesión salga a la calle, apelando a la “protección del cortejo, de los músicos o de los costaleros”. Y no crean que se trata de una exageración. No estamos tan lejos de eso.

Tal vez entonces los cofrades nos miremos a los ojos y nos preguntemos en qué momento exacto perdimos nuestra libertad, cuándo dejamos que otros decidieran por nosotros. Y quizá la respuesta nos golpee con claridad: probablemente comenzó cuando permitimos que unas putas flechas nos indicaran por qué acera podíamos caminar, y concluyó el día en que aceptamos sin rechistar que fuera el Ayuntamiento —a través de la Policía Local— quien determinase si una hermandad podía o no salir a la calle. Y nosotros… callamos como meretrices.