En el universo de las frases hechas hay una, morir de éxito, que nunca me ha gustado, como tampoco me agradan los refranes. Pero hay que reconocer que, esta en concreto, es muy propia para lo que estamos viendo en lo que va de Semana Santa de 2025.
En el tiempo de los réditos económicos que aportan las cofradías, en su utilización político-religiosa, en la anuencia de los que sonríen y muestran su anuencia ante los poderes, en la soberbia de quienes se creen artistas, en la inmadurez de quienes organizan extraordinarias por cualquier cosa; todo eso y una larga lista de pecados mortales, está haciendo que comiencen a verse las costuras de un traje gastado, planchado tras planchado, por tanta procesión sin sentido.
Una puntualización, sin sentido no, pues lo hay y no es otro que buscar la excusa para pegarse un festival. Y aunque ese uso del lenguaje sea pagano, es el mismo que el de los que organizan eventos cofrades (que no procesiones) por cualquier motivo.
Tras años en los que cada fin de semana hay, al menos, una imagen en las calles de cualquier capital de provincia que se precie, esta Semana Santa (sin llevar un contador en la mano) se ven síntomas de agotamiento. El Domingo de Ramos dejó una imagen en Sevilla, que debería llamar a la reflexión, con el Cristo del Amor caminando solo en la noche. Solo es sin apenas público.
Y en esta primera parte de la semana mayor, en Córdoba, se puede caminar por partes de la calle Cardenal González o por la calle de la Feria, lo que hace un par de años era impensable, sin evitar salir con más moratones, de roces y golpes, que un jugador de rugby. Por no hablar de otros enclaves, como el Puente Romano, donde se ha pasado de estar apretujado como un polvorón a ver tranquilamente el dicurrir de una cofradía.
El exceso de procesiones (tres magnas en la provincia de Córdoba en siete meses), los meteorólogos y la Aemet llamando a la catástrofe, el consejero de Presidencia de la Junta dictando a las cofradías lo que deben hacer y no hacer, la Iglesia pidiendo magnas , los aforos y el alarmismo con la masificación. Ese todo nos está llevando a nuestra propia decadencia y la Semana Santa se desangra sin que nadie le ponga un torniquete.





