No es difícil intuir que, en el tiempo que nos ha tocado habitar, lo hacemos en una sociedad de ‘blanditos’ (para que se entienda), donde el relativismo -entre otros- manda.
De ese peligro alertó en infinidad de ocasiones Joseph Ratzinger (esto ya lo entenderá alguno menos), pero de esa corriente filosófica parte la deconstrucción de la sociedad, cual tortilla de chef laureado con estrellas de una famosa marca de neumáticos.
Por hacerlo muy sintético y comprensible, a lo que se reduce es que a todo vale, incluidas la Semana Santa y sus cofradías. Todo es un teatro sin más fundamento religioso que el de boquilla, el del postureo, el de la caridad de andar por casa para quedar bien ante el respetable y acallar la conciencia (el que la tenga).
Todos nos rasgamos las vestiduras porque se otorgue el protagonismo mediático a bandas y capataces y a costaleros y a vídeos. Pero la realidad es que todos no es que lo consumamos, es que lo vampirizamos.
Hasta tal punto ha llegado el asunto que, de ser cierto el dato siete centenares de personas se darán cita para igualar en La Macarena y eso da para opinar mucho, incluso para deslizar la posibilidad de que se haga un examen psicotécnico previo a los aspirantes y, de camino, a quienes permiten la locura, el exceso, el esperpento surrealista en que hemos convertido a las cofradías.
Por supuesto, el capataz que es quien siempre manda parece haber presuntamente expulsado a un buen número de costaleros y el amor y el odio a Antonio Santiago se ha desatado en las redes como los vientos de estos últimos días.
Pero recuerden, de ser cierto, el que manda siempre, siempre, siempre es el capataz, gusten más o menos las formas (eso ya es cosa de la junta de gobierno de turno). Y no olviden que, antes que el capataz, que los costaleros, que la junta de gobierno, que el cabildo de hermanos y que los propios titulares, el espectáculo es quien más alto alza la voz y lo demás es autoengaño.





