Hay cosas que no se anuncian en los carteles de la Semana Santa ni se recogen en los itinerarios oficiales, pero que terminan procesionando cada año por nuestras cofradías. No llevan cirios ni suenan a corneta, pero pesan. Son los “feos”.
Córdoba, aunque a veces le cueste reconocerlo, sabe bastante de esto. Lo han vivido hermandades como Las Palmeras o Cañero, y antes que ellas otras muchas que hoy parecen intocables, perfectamente integradas en la nómina de cada jornada. Resulta curioso cómo funciona la memoria cofrade: olvidamos con facilidad que algunas de las corporaciones que hoy defendemos con orgullo tuvieron que soportar miradas de reojo, debates interminables y ese examen constante que nunca parece terminar.
Porque el “feo” rara vez es explícito. No suele llegar en forma de portazo, sino de espera excesiva, de requisitos que se endurecen, de comentarios en voz baja o de ese paternalismo tan peligroso que viene a decir: “ya llegaréis… si sabéis cómo hacerlo”. Como si hubiera una única forma legítima de vivir la fe. Como si la devoción necesitara código postal.
A veces da la sensación de que existe una Semana Santa de primera —la que nadie discute— y otra que debe justificar continuamente su presencia. Y conviene decirlo sin rodeos: cuando una hermandad tiene que demostrar más que otra para ocupar el mismo sitio, el problema no es de la hermandad.
Se nos llena la boca hablando de tradición, pero olvidamos que toda tradición fue, en su origen, una novedad. No hay cofradía centenaria que no haya sido alguna vez una incómoda recién llegada. La diferencia es que el paso del tiempo lo cura todo… salvo la tendencia a mirar por encima del hombro al que viene detrás.
Y, sin embargo, las hermandades de barrio —esas que algunos observan todavía con cierta condescendencia— suelen sostener algo que no siempre abunda: comunidad real. No figurada. Parroquias vivas, jóvenes implicados, familias enteras creciendo alrededor de un proyecto común. Exactamente lo que tantas veces decimos echar de menos.
Quizá el mayor riesgo no sea que nazcan nuevas hermandades, sino que nos acostumbremos a ponerles obstáculos invisibles. Porque cada “feo” no habla solo de quien lo recibe; retrata, sobre todo, a quien lo hace… y a la Semana Santa que estamos construyendo.
Conviene preguntarse si queremos una Semana Santa que abrace o una que seleccione, una que sume o una que tolere. Porque la caridad no puede quedarse en el discurso mientras la igualdad se pierde en los detalles.
El tiempo, como siempre, pondrá a cada hermandad en su sitio. Lo que está por ver es en qué lugar nos dejará a nosotros.
Y entonces la pregunta será inevitable: cuando dentro de unos años miremos atrás y comprobemos que aquellas hermandades que algunos discutían forman parte natural de nuestra Semana Santa… ¿recordaremos quiénes tendieron la mano y quiénes prefirieron retirarla?





