A contracorriente | No soy un hombre, soy un campo de batalla

batalla

Vaya por delante que la frase se atribuye a Nietzsche y es recurrente en su pensamiento. Aborda los ámbitos de la identidad y la pertenencia, aspectos -ambos- que son muy aplicables desde distintos prismas a las cofradías.

Es el aspecto gregario de estas (como el del ser humano en la mayoría de sus acciones) el que lleva a muchos a integrarse en las hermandades, pues huyen de la batalla y persiguen eso, una identidad común, aceptada.

Es como pertenecer a un club por tradición familiar, ya saben eso de la fe transmitida de generación en generación. Si bien, la fe es una lucha, una solución que, cuando se asume y acepta implica un gesto de libertad, e incluso, de rebeldía frente al sistema (en toda la amplitud de su acepción) que lucha implacable contra la individualidad.

Se la persigue desde el patio del colegio con el niño que juega solo en el recreo, hasta cuando el algoritmo no te detecta en redes y, si de repente apareces la persecución -el seguimiento- es acuciante.

La analogía es válida para el asunto cofrade, donde el que discrepa es repudiado y no tarda en convertirse en un paria. Por ejemplo, si les dijera que no me gusta tanta extraordinaria convendrían que llevo razón; pero si lo expreso de otra forma (“quienes organizan salidas sin sentido y quienes las permiten deberían irse a su casa y no volver”), su respuesta sería exactamente la contraria.

Es la afición sin razón, el fanatismo porque sí. No luchar contra uno mismo y autocuestionarse equivale a no existir, aunque haciéndolo se sufra más que se disfrute.