No me he enfadado yo, ha sido mi mujer. No es por mí, es por mis compañeros. A los talleres no les causa perjuicio económico la competencia de Pakistán, es porque copian a los diseñadores.
A eso se reduce, prácticamente, el argumentario del gremio del arte sacro sobre los talleres de bordado del país asiático que compiten con los patrios, al menos, a los que representa el conocido bordador sevillano, Francisco Carrera, Paquili.
Aunque ahora ha sido con el altavoz de Cofrademanía, el asunto viene de atrás y el trasfondo es comparable -con sus mil diferencias, pero con el nexo común de la defensa de lo autóctono- a la normativa arancelaria de Donald Trump. Tan criticada, pero sutilmente clamada por parte del gremio de artesanos.
De forma suave, decimos, e igual de dulcemente apoyada por unas instituciones públicas que, en su afán por hacer el bienqueda, se contradicen a sí mismas, cuando en lugar del bordado es la aceituna de mesa, el vino o el aceite al que gravan en el extranjero.
Paquili se ha convertido en el abanderado de una guerra por el bordado castizo, pero sujetando el pendón en primera línea del frente, sabedor de que no le va a caer ni un tiro (entiéndase el sentido figurado). Y no le van a contrariar porque en esas instituciones nadie le va reconvenir con el libre mercado y demás reglas económicas.
Y, por si fuera poco, tiene los resortes mediáticos que, más allá de Cofrademanía, encuentran en El Llamador (programa que pagamos todos) la atalaya donde se reparten los carnés de lo bueno y lo malo, de la verdad según su presentador y Paquili y él convinieron hace mucho tiempo que la poseen como un tesoro que no es accesible al vulgo, al pueblo cofrade fiel, a la plebe.
Viven en su reino (que podría denominarse Paquilistán) de verdades oficiales, cual estado dictatorial, dogmáticas, incuestionables. Y, si hace falta utilizar un argumento infantil como el señalado al principio (la última frase del primer párrafo, las previas son para ilustrar, lo especifico porque los que no somos ellos, somos cortitos), se usa, porque nadie -o casi nadie- se atreverá a decir que es de niño de parvulario.





